domingo, 29 de abril de 2012

todo lo que me gustaba



me gustaba que lloviera cuando salía de la oficina y me había dejado el paraguas y mi pelo bebía como beben las jardineras sedientas de ciudad. me gustaba que me hicieras un corazón con una percha vieja de alambre y me dijeras: ten, no podrás deformarlo más. me gustaba que entrara la noche por las ventanas y tú me lanzaras bengalas porque necesitabas que me acercara.
me gustaba que quisieras leerte el mundo entero. me gustaba encontrar tus letras en servilletas, en kleenex, poemas arrugados en un bolsillo de tu pantalón.
me gustaba llenarme una copa de vino mientras observaba a Rimbaud en el cuadro que cuelga de la cocina y brindaba por él y su aspecto desvalido y nadie llamaba a la puerta.
me gustaba sostener tu mirada y encender todos los fuegos de Cortázar y sentir ese amor anémico y ese dolor ya atávico que empujaba como la gente a las puertas del metro.
y ya no sé nada de un ataque de llanto en un coche aparcado cuando todo se acaba y un mechón de pelo que se colaba en mi mirada. ni de las luces que no dejé encendidas para que supieras que aún esperaba. y ya no sé nada de los ladridos de mi corazón. ni del pie de foto que escribí con amor cuando aún te amaba.

sábado, 28 de abril de 2012

El correo de la noche - Frank Abel Dopico



Mis piernas van tras el correo de la noche.
Un enemigo tiende su mano miserable, ayuda mi carrera,
luego me hace polvo con su mano apagada.
Las casas huyen grises y una estrella abandona su
casa de la noche
y anda con sus bártulos a cuestas. Una estrella vuelve
a su casa de la noche
y anda por el jardín, medio dormida.
El ciudadano que soy va tras su noticia. Apedreando al que fui.
Quiero saber cómo está Mayra, qué le hablan sus ojos al recuerdo.

El correo de la noche atraviesa edificios, irrumpe en
plazas moribundas.
Sus remos son caballos silvestres como los ojos de Mayra.
Alguien cruza mordisqueando sus dedos. Alguien
(y una carta) entró a la oscuridad.
Pasan los novios, humeantes cuerpos, y el reloj
se clava sus agujas.
A dos cuadras de mí el anciano espera que esté completo
su rebaño.
Un hombre esconde el espejo donde se va a mirar mañana.

Mis piernas siguen los ecos de la noche.
Soy un bufón, esquivo ese color dulce de la primavera
porque dentro llevo los charcos de su lluvia y puedo
florecer,
y es indiscreto florecer, uno tan noble,
tan bueno que es uno así de solo,
con mi tierno diablo y mi dios tan solo y pobrecito.
Quiero poner la vida como trampa,
criar conmigo al rey que nunca seré, a los reyes
sonámbulos, los que con cielo y pan hacen el
amor sin manifiestos.
Busco una noticia, busco el puente que hicieron los
héroes para mí,
y siempre está más lejos, está en el mismo sitio de
los héroes,
debo hacer algo más que comerme estas naranjas,
debo inventar un flamboyán o algo amenazante,
el puente me espera, nos espera,
tantas flores mediocres aplastan  los caballos
que el correo va lento, los caballos sangran pero yo
los aplaudo.
Los caballos resbalan, rehenes de la luna,
dejan su lamido triste en mi pupila.
El correo de la noche puede ser asaltado
pero va con cicatrices que recuerdan al sol.

En un lugar de mi vida hay un revólver.

martes, 24 de abril de 2012

en una jaula


no deseo que te aprendas mis calas
ni la geografía de mis deseos
quiero ser terriblemente humana contigo
aprisionar tus sentidos
y ser los dedos de tu ansia
deshacer el lago congelado de tu alma y hundirme en él
coserte la vida a la mirada
que brilles en lo alto de mi boca
apagar los faros y que te estampes en las rocas de mi piel
que arribes a mí sereno
que destroces tu mapa y nos perdamos en la sal
con las ilusiones boca abajo
y mis ganas como un herido convaleciente que no camina ni respira
jamás la guillotina a mis sueños
y una botella de mezcal
mientras la rabia corta la carne
y volamos en una jaula con los bolsillos llenos de piedras

lunes, 23 de abril de 2012

todo para una sombra




Yo también te amé porque conquisto magos,
hermoso detective.
Te amé como las más traicionera,
como te amó la mitómana,
o como aquella que abortó delante de ti,
en un inodoro de otra galaxia.
Yo también te abracé entre collares y colonias Ca d'or,
y entre discos pequeños que nunca sonaron,
y te amé como todas o como ninguna.
Aquella vez entre luces y copas de vino,
-porque fuiste tú quien me enseñó el vino-
yo sabía que aquella vez me temblaron los labios,
y que tú los entrelazabas con tus piernas,
así de alguna manera la anorexia de Gide me salvaba.
Y tu mano se quedó sombreando un beso en el espejo,
y el diccionario de la muerte desapareció
cuando yo le mordí tu huella.
Hubo cacerías del gato al ratón,
y ganas de cortarse la oreja
sin la barba profunda de Van Gogh.
Y recuerdo tu cabeza bien peinada,
y el asco al agua con la que colaba el café,
y tu sonrisa que abría un agujero
de dientes olorosos en el universo.
Yo te amaba platónica y desaforada,
aunque mi cuerpo no se quemó en tus fotografías,
y me mordía las uñas leyendo tus poemas,
mientras tus chistes partían la tarde.
Yo me reía y por eso te amaba,
y hay muchachas modelos y corrompidas,
listas para ser regaladas preferentemente pelirrojas.
Por ti estuve a punto de teñirme los cabellos,
y de cerrarme el ombligo con almidón.
Yo era tuya como se es junto al primer novio en el cine,
rezaba para que la página no se te quedará en blanco,
y te mostraba la punta del bloomers
cuando leías versos dedicados a Maud
-hasta de ella estuve celosa,
de esa chiquilla gélida dentro de mí-.
Yo te perseguía de viaje en viaje,
como una vikinga detrás de su marido,
y también te adoré como Milena: escuálida y morbosa.
Y me dolió la cabeza cuando te miré de cerca,
era un mareo finísimo del siglo XIX,
pero tú eras un muchacho moderno en tu jacket de nylon.
Tú eras del dos mil,
aunque a ratos te me parezcas Lorrain,
y entonces huelo la acetona con gusto de heterómana.
Recuerdo con mínimo detalle la blancura de tu pantalón,
el sonido de tus zapatos, el modo de abrir la reja.
Yo te amaba burlándote, yo te amaba cruel y fatal,
y en este mismo instante tengo unas ganas de verte como nunca.
Aparécete, eres el único fantasma que no temo,
tú que me dijiste que la muerte es un aposento cerrado,
yo cierro las puertas y apago la luz,
ven, encaja la punta del paraguas en el cuello de esa estrella,
déjame decírtelo, amigo mío, nadie puede vivir sin ti:
"quién sabe si..."

jueves, 19 de abril de 2012

nubes y brasas




necesito entrar en casa y abandonar mi abrigo como un cuerpo inerte sobre el sillón, como un disfraz repleto de sombras y posturas aprendidas. necesito el murmullo del televisor que no miro pero al que hablo mientras me escupe luces y anuncios de otras vidas. necesito el lomo suave de mi perra y su hocico frío que siempre busca recompensa. y brindar por ti con una copa de vino que simula la sangre de las heridas que nos deshicimos cuando todo parecía sencillo, hasta morir.
andar descalza desordenando todo lo de dentro mientras fuera los almendros se vuelven verdes y el hibiscus vomita otra flor en la terraza. necesito mi ansiedad, que ya soy yo, como un cuerpo latiendo dentro de otro cuerpo mientras se me rompen los espacios que ya no gobiernas con tu mirada. y después el dolor como un flexo que se encorva en mitad de la noche y me busca con su luz que derrumba mis sueños de piel y violencia cuando son lo único que tengo.
necesito dejar de mirar nubes y brasas y detenerme en la tinta seca de mis dedos o en las sombras de mi cabeza, sumergirme en un test de Rorschach que me diga quién soy o quién he dejado de ser.

domingo, 15 de abril de 2012

la colada de tu prenda orgánica - David Mariné



permíteme que me desnude un momento,
que airee esta carne roja de instinto salvaje
-sin taparrabos- 
manchada por la noche y los excesos de mí sangre.
centrifugo mis peores pesadillas y el lodo de esta última brecha,
vomitando en mis entrañas las autopsias del recuerdo,
ciertamente no es nada sano, 
pero tampoco es muy bueno que un hombre ande por ahí excesivamente limpio.
igual que el jirón que se oculta al final del armario
inexplicablemente te encuentro
y te atrapo de una esquina a golpes de polvo y marea,
al fin y al cabo 
continúas siendo poéticamente importante
y aunque me caiga de bruces
pienso en cada una de las sustancias de tu cuerpo,
intempestivamente,
con el ímpetu y la fuerza de un químico inexperto,
entregado al placer del experimento afilado,
mezclando elementos de vicio en tu cubeta del sexo.
 
antes de decidir,
–niña cruel-
si aún debo tratarte como ropa de color 
o íntegramente de blanco enfermizo,
debes saber
-y dirás que no es novedad y con razón – 
que a día de hoy continúo perdiendo.
durante todo este tiempo de humedad y secado
he perdido la salud de mis certezas y cada una de mis pocas vergüenzas, 
los nervios de quien empala mujer el placer de enfrentarse a este mundo
el respeto al ejército de aullidos que destruyen mi futuro.
trato de digerir ferozmente la carne cruda de los venados,
la prehistoria de mis tejanos gastados por el fracaso,
el vértigo final de un niño enfurecido,
las piezas que no encajan con nada,
la carcoma de las ruedas sin eje.
me saco las entrañas del revés
para eliminar de una puta vez
cada mancha de lejía y de odio de tus ojos
desconozco si será suficiente un aclarado de 40º
o precise de un carga intensiva con repaso final de estropajo.
 
fumo mientras observo girar el tambor,
si esta maquinaria ruín pudiera hablar
sin duda alguna me escupiría toda la ropa a la cara,
antes de que lo haga
vacío la respiración y la colada de tu prenda orgánica.
al fin te encuentro,
estás ahí,
hundida y empapada en altivez,
verdaderamente lógica y cargada de mañanas,
te agarro tan energicamente
que las arrugas se tornan recortes doloridos
y me aliso a tu tela por esa costura
justo por donde los dos formábamos una prenda íntegra,
zurciendo cada una de tus penas y miserias,
protegiendo el remache de tus besos,
cuidando del aroma de tu cuerpo,
pues son dignos de ser mantenidos,
aunque nos tiemblen los ojos,
aunque nos duelan.
qué podría decirte a estas alturas:
el sol escasea en mi casa
y en las tiendas de moda no venden ropa tarada.
soy la mancha en el pecho de tu blusa gastada
y sólo pienso en lavarte a mano. 




viernes, 13 de abril de 2012

sueño recurrente - Forrest Gander


Temprano, en la noche azul, murciélagos revolotean
en la calle a través de la lámpara que ilumina en isósceles.
En un impulso, tanto signos como soluciones:
Ella mira hacia arriba.

En la otra manzana, el camión de los helados
da la vuelta con su música. Un mundo por consenso
familiar da un giro en la fractura.

El hombre muerto se estaciona en la cochera.
Ella mira desde el umbral
mientras que detrás de ella una televisión
anima la pared. Ella reconsidera

cómo pudo llevarse a sí mismo desde el cementerio
hasta la casa, encorvado hacia delante,
su rostro inmóvil contra el volante.
Qué limitadas son las posibilidades

de nuestra reacción
al pasado inerte, al lodo endurecido,
a la demostración de aquel día de un fenómeno puro.

Congelada en la puerta corrediza, ella mira fijamente
a la figura sentada, grotescamente quieta en el coche estacionado.

Y no recuerda nada más que este sueño,
como si este le dijera: Aquí está el mundo. Tú
ni sabes de la violencia
en la que estás implicada.

miércoles, 11 de abril de 2012

wilder shores of love (en las orillas salvajes del amor)




siete y cincuenta y tres minutos a.m., bajo el agua de la ducha arrancándome la noche de la piel y los sueños extraños. revuelta como un mar de tormenta. y mis ojos del color de las turbulencias. y mi voz rota ya para mil años. el daño se hace sin querer en el mejor de los casos, pero duele igual, para que vamos a engañarnos. es tan fácil romperse una rótula como partirse una ilusión. es un hilo tenso que muta de alambre a hilo viejo. la tela de araña de los sueños sobre la que hacer acrobacias parece sencillo. y la vida como un palíndromo eterno. reconocer. abramos las cajas de Pandora y crucemos los dedos.

como dijo Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.”

lunes, 9 de abril de 2012

canto a mí mismo - Walt Whitman


























Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de para en par las puertas a la energía original de la naturaleza
desenfrenada.

Creo en ti, alma mía, el otro que soy
no debe humillarse ante ti,
ni tu debes ser humillada ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita
el freno de tu garganta,
no quiero palabras, ni música,
ni rimas, no quiero costumbres
ni discursos, ni aún los mejores,
sólo quiero la calma, el arrullo de tu
velada voz.
Recuerdo cómo yacimos juntos cierta
diáfana mañana de verano,
cómo apoyaste tu cabeza en mi cadera
y suavemente te volviste hacia mí,
y apartaste la camisa de mi pecho, y
hundiste la lengua hasta mi corazón
desnudo,
y te extendiste hasta tocar mi barba,
y te extendiste hasta abrazar mis pies.
Prontamente crecieron y me rodearon
la paz y el saber que rebasan todas
las disputas de la Tierra,
y sé que la mano de dios es mi
prometida,
y sé que el espíritu de Dios es mi
propio hermano,
y que todos los hombres que alguna
vez vivieron son también mis
hermanos, y las mujeres mis
hermanas y amantes,
y que el amor es la sobrequilla de la
creación,
y que son incontables las hojas rígidas
o lánguidas en los campos,
y las hormigas pardas en los pequeños
surcos,
y las costras de musgo en el cerco
sinuoso, las piedras apiladas, el saúco,
la hierba carmín y la candelaria.

Estoy enamorado de cuánto crece al aire libre,
de los hombres que viven entre el ganado,
o de los que paladean el bosque o el océano,
de los constructores de barcos y de los timoneles,
de los hacheros y de los jinetes,
podría comer y dormir con ellos semana tras semana.
Lo más común, vulgar, próximo y simple,
eso soy Yo,
Yo, buscando mi oportunidad, brindándome
para recibir amplia recompensa,
engalanándome para entregar mi ser
al primero que haya de tomarlo,
sin pedir al cielo que descienda cuando yo lo deseo,
esparciéndolo libremente para siempre.

¿Quién va allí?
Grosero, hambriento, místico, desnudo... ¡quién es aquél?
¿No es extraño que yo saque mis fuerzas de la carne del buey?
Pero ¿qué es el hombre en realidad?
¿Qué soy yo?
¿Qué eres tú?
Cuanto yo señale como mío,
Debes tú señalarlo como tuyo,
Porque si no pierdes el tiempo escuchando mis palabras.
Cuando el tiempo pasa vacío y la tierra no es mas que cieno y
             podredumbre,
no me puedo para a llorar.
Los gemidos y las plegarias adobadas con polvo para los inválidos;
y la conformidad para los parientes lejanos.
Yo no me someto.
Dentro y fuera de mi casa me pongo el sombrero como de da la gana.
¿Por qué he de rezar?
¿Por qué he de inclinarme y suplicar?
Después de escudriñar en los estratos,
después de consultar a los sabios,
de analizar y precisar
y de calcular atentamente,
he visto que lo mejor de mi ser está agarrado de mis huesos.
Soy fuerte y sano.
Por mi fluyen sin cesar todas las cosas del universo.
Todo se ha escrito para mi.
y yo tengo que descifrar el significado oculto de las escrituras.
Soy inmortal.
Sé que la órbita que escribo no puede medirse con el compás de un
                carpintero,
y que no desapareceré como el círculo de fuego que traza un niño en la
               noche con un carbón encendido.
Soy sagrado.
Y no torturo mi espíritu ni para defenderme ni para que me comprendan.
Las leyes elementales no piden perdón.
(Y, después de todo, no soy mas orgulloso que los cimientos desde los
cuales se levanta mi casa.)
Así como soy existo. ¡Miradme!
Esto es bastante.
Si nadie me ve, no me importa,
y si todos me ven, no me importa tampoco.
Un mundo me ve,
el mas grande de todos los mundos: Yo.
Si llego a mi destino ahora mismo,
lo aceptaré con alegría,
y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré...
esperaré alegremente también.
Mi pie está empotrado y enraizado sobre granito
y me río de lo que tu llamas disolución
por que conozco la amplitud del tiempo.

Walt Whitman, un cosmos, el hijo de
Manhattan,
turbulento, carnal, sensual, comiendo,
bebiendo y procreando,
no es un sentimental, no mira desde
arriba a los hombres y mujeres ni se
aparta de ellos,
no es más púdico que impúdico
¡Quitad los cerrojos de las puertas!
¡Quitad las puertas mismas de sus quicios!
Quien degrada a otro me degrada a mí,
y todo lo que hace o dice vuelve a la postre a mí.
La inspiración mana y mana de mí,
me recorren la corriente y el índice.
Pronuncio la contraseña primordial,
doy la señal de la democracia,
nada aceptaré, ¡lo juro!, si los demás
no pueden tener su equivalente
en iguales condiciones.
Voces desde hace largo tiempo
enmudecidas me recorren,
voces de interminables generaciones
de cautivos y de esclavos,
voces de enfermos y desahuciados,
de ladrones y de enanos,
voces de ciclos de gestación
y de crecimiento,
y de los hilos que conectan las estrellas,
y de los úteros y de la savia paterna,
y de los derechos de los pisoteados,
de los deformes, vulgares, simples,
tontos, desdeñados,
niebla en el aire, escarabajos que
empujan bolitas de estiércol.
Voces prohibidas me recorren,
voces de sexo y lujuria,
veladas voces cuyo velo aparto,
voces indecentes por mí purificadas
y transfiguradas.
No me tapo la boca con la mano,
trato con igual delicadeza
a los intestinos que a la cabeza
y el corazón,
la cópula no es para mí más grosera
que la muerte.
Creo en la carne y en los apetitos,
y cada parte, cada pizca de mí
es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y
santifico todo lo que toco o me toca,
el aroma de estas axilas es más
hermoso que una plegaria,
esta cabeza más que los templos,
las biblias y todos los credos.

miércoles, 4 de abril de 2012

ansiedad y malos ratos





leo algo así como que nada de lo perdido volverá con la lluvia y lo que pienso es que la lluvia en el fondo se lo lleva todo, o se lo lleva todo al fondo, que en el fondo no deja de ser lo mismo. o me llena de barro y cristales empañados, empañados y empeñados en que me olvide de la vida pero no de ti. en que vague descalza clavándome tus recuerdos como un fakir triste que nunca aprende a soportar el dolor. el filtro de mi memoria está viejo y se me atasca dentro el desespero. en realidad estoy hecha de ansiedad y malos ratos. los corto en trocitos pequeños, los mastico y de ellos me alimento. estoy hecha también de carreras que se dejan a la mitad por esprintar demasiado. y de curvas tan cerradas que se convierten en cintas de moebius, y ya no sé si iba o venía. como bajo el agua, que crees que subes hasta que te revientan los oídos.
hay algo lejano y perdido, pero no recuerdo qué es. existe una palabra que no dije cuando tú ibas a ser inmortal si salía de mis labios. y también hay una noche que se esfumó del calendario y que nos debe el invierno. una hora de la madrugada y que se besen nuestros cuerpos. que por una vez todo sepa ir despacio. que mis jadeos sean tu himno. que tu mirada venga cargada de riesgo y que no se gaste la forma en que me tocas.
nunca acaba de llover aquí dentro.

domingo, 1 de abril de 2012

ansiosa y desaforada








































robé esas palabras y te las dediqué en una servilleta de aquel bar en la calle del Almendro. cuando vi tus ojos, exactamente cuando vi el brillo en tus ojos, ese brillo capaz de romper oscuridades, no supe volver atrás, estuve a punto, justo antes del precipicio de tu mirada.
después tocó aprenderse como se tararea una melodía entre líneas feroces de piel dulce. desataste mi lengua y sentiste el cascabel de mis ganas de tenerte. estampaste tus gemidos en mi boca. sabía que podía amarte ansiosa y desaforada. sabía que podía atarte a mis amaneceres. que podía deshacer las tormentas en tu cabeza. también sabía que no era lo soñado, que podía encontrar las siete o las mil diferencias, pero que me sentía viva  y mientras cubría con sábanas blancas tus recuerdos, casi me sentí flotar.