malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank

martes, 5 de mayo de 2015

el contraplano del poema



Una mujer se dispone a desalojar un pensamiento carnoso, prenderlo en la planicie de la hoja blanca, virginal que la pretende. Melena castaña de puntas abiertas, los ojos verdes, ojeras en el alma que nunca nunca le duerme.
La trastienda de ella. Envuelta en libros. Bunker de papel. Un calendario que aún reza Abril. Descalza. Siente el ventisquero de impulsos/palabras trepando la arteria a pelo. Se detiene en la estructura piramidal del pasado y en su contenido, soñarse cada vez más ligero pero cargando el alud. Intenta la palabra. Una botella vacía de verdejo El perro verde aguarda en el salón desde anoche. Le encanta su sabor, le encanta la etiqueta. Y la descripción: embotellado para uvas felices.

Piensa en esta promiscua sensación de amar cada poema, mientras nace, mientras crece, untarlo de armonía y abandonarlo hasta el olvido envuelto en una placenta desconocida. Un té verde humeante, en una taza de Forges con su típica mujer que nunca fue felliniana gruñendo un chiste. Bajo él un posavasos de Moritz que vino en algún viaje. Una casa de cien años en la que han nacido y muerto muchos. Una perra amada de hocico frío tirada en el salón cual alfombra de fiera inerte. El poema quería ser el desahogo del leviatán de tu ausencia. Matar al monstruo. Volcarlo en Century gothic de tamaño 10, por no poder morar tu periferia. Un cenicero de cinzano que ya no alberga colillas, como un cuerpo que ya no está hecho para arder. La llamada de una madre que interrumpe el instante, arranca una carcajada y un compromiso para mañana. Su foto en una playa del Este de Inglaterra pegada a la torre del ordenador con un imán de Banksy. Un tarro de cristal con una libélula a tinta. El jolgorio de las golondrinas en la terraza. Arrancar el verbo/espina que vive incrustado en mi clavícula esperando tu boca. El aroma de una vela que arde en el suelo dibujando un halo de luz en la baldosa rojiza.  La guía del digital que suena en el salón como hilo musical y justo ahora, esa maldita versión de creep que fecunda su cerebro desde hace tres días.  Que estalle el lenguaje aguacero y no ser la misma al levantarme. Las muñecas apoyadas sobre el frío cristal de la mesa. Pantalla lienzo que desmaquille de inutilidad el día. Como una balsa en la tormenta, resurrección tras el atropello. Una ventana pequeña que arranca un pedazo de cielo y la copa de un almendro. Libros, ropa apilada en un sofá-cama, zapatos de tacón, amoroso desorden que alberga secreto. Catapulta para las obsesiones.  Tripular la espuma de ocho mil mares. Indagar nuestra desnudez y bendecir los vértices, las brújulas y las derivas. Y entonces abandonar, salir de la habitación, cenar algo, volver a tener frío.