viernes, 29 de diciembre de 2017

Eres el dragón en mi botella




Tus delirios me iban a gustar

Ordené el desastre
porque me preocupo por la elipse de los cuerpos
y que hagas de mí tu lugar
y yo sepa arrinconarme en tu mentón

recreo de las manos ociosas
mar de caracola que combata silencio
el nervio visto y dilatado
hacerte caída gozosa
en él
en mí
en todo


eres el dragón en mi botella


Y sobre todo, no negarnos
Pulir la ocasión
ser primeriza siempre
mientras rebaño el instante
que cada calco nos desborda y enfurece
por eso inventamos la espuma
y el peldaño en la piel

Renacidos
Desconocidos
Siempre un nuevo
golpe de esternón

Proyectando amaneceres entre nosotros
No respirar flojo ni al morir
Verter el cuerpo como un jarro.

Remolcados por caricias
se conquistan los más bellos descampados

Fósforo en el sexo

Mezclarlo todo en el mortero del ahora

Bienvenido para errar infinitas veces
te digo
Gustosa
sin asas, déjala hacer, libre y tuya,
la ocasión,
muestrario de exhalaciones y espejismos
ánfora en tu sed
que el deseo viene a condensarse
en tu cabeza
sin espinos, ni líneas continuas
Apretado, desnudo, puro
como todo lo bueno

Traigo alimento, una ráfaga de drama
y el soplo de la piel que viene a desnudarse
en las playas de tus ojos

Palmo a palmo, recorrer las noches
y estas lindes que laten
palmo a palmo
tus regiones más inhóspitas
sustancia o trampa
como una planta que crece en la sed
piedra roseta en el escalofrío de la nuca

haré oficio de esta casa de carne

y mi manto de harapos lucirá como el sol. 









martes, 19 de diciembre de 2017

El camino nunca termina - Henry Miller





Así caminamos, dormimos y comimos juntos, los gemelos siameses a quienes Dios había juntado y a quienes sólo la muerte podría separar. Caminábamos con los pies para arriba y las manos cogidas. Ella se vestía casi exclusivamente de negro, salvo algunos parches purpúreos, de vez en cuando. No llevaba ropa interior, sólo un vestido de terciopelo negro saturado de perfume diabólico. Nos acostábamos al amanecer y nos levantábamos justo cuando estaba oscureciendo. Vivíamos en agujeros negros con las cortinas cerradas, comíamos en platos negros, leíamos libros negros. Por el agujero negro de nuestra vida nos asomábamos al agujero negro del mundo. El sol estaba oscurecido permanentemente, como para ayudarnos en nuestra continua lucha intestina. Nuestro sol era Marte, nuestra luna Saturno; vivíamos permanentemente en el cenit del averno. La Tierra había dejado de girar y a través del agujero en el cielo colgaba por encima de nosotros la negra estrella que nunca destellaba. De vez en cuando nos daban ataques de risa, una risa loca, de batracio, que hacía temblar a nuestros vecinos. De vez en cuando cantábamos, delirantes, desafinados, en puro trémolo. Estábamos encerrados durante la larga y oscura noche del alma, período de tiempo inconmensurable que empezaba y acababa al modo de un eclipse. Girábamos en torno a nuestros propios yoes como satélites fantasmas. Estábamos ebrios con nuestra propia imagen, que veíamos cuando nos mirábamos a los ojos. Entonces, ¿cómo mirábamos a los demás? Como el animal mira a la planta, como las estrellas miran al animal. O como dios miraría la hombre, si el demonio le hubiera dado alas. Y, a pesar de todo, en la fija y estrecha intimidad de una noche sin fin, ella estaba radiante, alborozada.
Tenía dos cañones, como una escopeta, era un toro hembra con una antorcha de acetileno en la matriz. Cuando estaba en celo, se concentraba en el gran cosmocrator, los ojos se le quedaban en blanco, los labios llenos de saliva. En el ciego agujero del sexo, valsaba como un ratón amaestrado, con las mandíbulas desencajadas como las de una serpiente, con la piel erizada de plumas armadas de púas. Tenía la lascivia insaciable de un unicornio, el prurito que provocó la decadencia de los egipcios.
¿Qué era la vida en la tierra sólida para nosotros que estábamos decapitados y unidos para siempre por los genitales? La vida era un joder perpetuo y negro en torno a un poste fijo de insomnio. La vida era escorpión en conjunción con Marte, en conjunción con Mercurio, en conjunción con Venus, en conjunción con Saturno, en conjunción con Plutón, en conjunción con Urano, en conjunción con el mercurio, el láudano, el radio, el bismuto. (…)







martes, 12 de diciembre de 2017

Die Camera aus




Eso me gritaban las prostitutas de la Oranien Strasse en el ‘98
mientras yo, torpe y helada, apagaba la cámara.

Y eso quiero yo para mí.
Ver a solas lo nuestro, tronco de olivo
que prende eterno o al menos, toda la noche.

Trinitrotolueno o espita del demonio,
aquello de montar escenario de cualquier cosa
ante cualquier ojo.

A mí, la oxitocina de fabricación propia,
ivagínate dónde podemos llegar.

Dame jabón y un código,
que me sé el club de la lucha
igual que me aprendí la canción del pirata en quinto curso,

-de carrerilla-

puestos a secretar, secretemos peyote en rama
y viajemos juntos
tan lejos como alcancen las ganas
las rabias
o todo lo inacabado que ansiamos rematar
antes de caer.

Que cuando pestañea el deseo,
se nos duerme el mundo entero.

Acércate al poliedro o Medellín que porto en el alma
y déjame agitar tu proa
con monodosis de felicitá,
alguna reyerta o pequeño melodrama,
que ya sabes que me recreo en el espigón de tu mirada,
en el frunce de tu frente,
meretriz de tu fracaso
y becaria de tu andar,

yo sólo vine a por el bronce,

que mi meta es el instante,
y más que a reír o llorar,

nos vinimos a gozar.







viernes, 1 de diciembre de 2017

LA FRANJA ERRÓNEA



























Yo arribaba a puerto melancólica,
con un pasado en la garganta,
sin saber cuánto pesa el dolor que nadie te factura
aunque sean trillones de kilos.


A punto de parar y gritarle al funcionario/lector
“declaro que traigo drogas duras fabricadas en mi piel,
raudales de ganas ilegales para rondar oscuridad,
asalvajada y depresora,
que no soy divertimento al uso,
así muy aleatoria
ojos puñal
abrazos neuróticos
ropa nacida para el desprendimiento,
tres lenguas, dos sangres, dos islas,
que mis únicas raíces son mis manos
al enterrarse en la carne del infinito
o los ojos aceituna cuando le miran".


Que no hay mucho más.
Que lo ligero no es menos hondo
pero que lo hondo siempre es más fresco
porque escarba
porque hurga
porque es valiente


Y así sin más, que no traigo arco iris
esta ciudad es muy grande
y hay calles con soles
que aguardan y ciegan.


Que no vengo a hacer café
sino a provocar insomnio.


Las lomas altas y las minas oscuras
son para los que se arriesgan.