malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank

miércoles, 19 de abril de 2017

compartir la carencia
























Así nos llegamos
cuando la poesía eran harapos con los que nos descubríamos
ante la atenta mirada de nadie
porque a veces los pozos y la sed no acaban de encontrarse

fascinados con nuestras atmósferas rotas y las quemaduras
fuimos inmediatez y rabia
tú trajiste el suero de tus palabras
y yo caricias acantilado
para compartir la carencia
y destruir su Potemkin
con nada más que nuestras manos

los sueños atávicos se pudren dentro
a una velocidad que perturba
la vida inventa deudas de lo que no hemos gastado
pero yo,
en tu límite afilado
vengo a apuntalarme
a escribir el abismo
y la catarata de mi desorden
y en el desborde del dolor
ten mis manos
hazme presa
cuerpo algodón
recodo, cauce

que me siento arruinada de gemidos
si no me das la caja de tu pecho y sus tambores

los cuerpos y su urdimbre se trazan
como bestias descarriadas
pero ellas tienen una ternura eléctrica

para los que se atreven a tocarlas














lunes, 17 de abril de 2017

angostura




























A todo, a todo empecé a echarle angostura
Al café de la mañana
A la ropa en programa corto con centrifugado
Al teclado de las dos menos cuarto cuando te quieres ir a casa 
Al recuerdo de nuestros cuerpos,
al revivirlos así como amordazados
en lo invisible,
tan permeables y calientes
A la rabia, por descontado
Le echaba angostura a las conversaciones inevitables,
tipo árbol que te cae en mitad de la carretera
Y lo veía, a mi interlocutor sudando angostura
Le eché angostura al sexo y al abril entero
No me corté con las ráfagas de siroco
que invitaba a entrar en casa
Abría todas las puertas y ventanas
y descalza y condimentada en angostura,
las recibía.
Le eché angostura hasta a los poemas
Sobre todo a esos
que te envías en mensajes de voz a ti misma
a las cinco de la mañana
o en mitad del atasco
porque ya sabes que se te olvida
ese verso a los diez minutos
Ese que te parece tremendo
y que con la resaca desechas
Repletos de angostura hasta los topes
Me até el beso al labio
y me lo bebí tipo tequila,
sal, tu carne y el limón
Le recé a la incandescencia de la memoria
y descrucé las piernas deseándome toda la suerte
Me lavé el pelo con angostura
y salpiqué todo el suelo
hasta llegar a la terraza y gritar:
Angostura!!!
Y revolucioné los pinos y sabinas del bosque de enfrente
y los pájaros mancharon el cielo
tipo sombra de Rorschach que aún no descifro.
Me fabriqué una ouija en tu espalda
mientras dormías
y me respondí a todas las preguntas
Pero no tipo margarita con el sí-no y coges otra.
No. Tipo ruleta rusa. También con angostura.
Pensé en los otros significados de angostura
Pensé en lo angosto. En lo estrecho
En las tierras que están cerca y casi se tocan
En morir llegando a nado de un lado a otro
En saltar acantilados
En dividir mi corazón en secciones:
jardines y hogueras.
En aquello de no ser nunca una familia de paseo
y ser siempre una portentosa ruina
En el fair play de los que se aman cada vena
devotos de la cruz verde de las farmacias
y el querer hacer vaho en tu pecho
mientras tocas pie en mi fondo
y una oda al alka-seltzer
que nos salve de una mala noche
como estratagema vagabunda
para pasarme desapercibida

y olvidar lo inolvidable.


miércoles, 5 de abril de 2017

tus derrames de parafina



Tuve que abandonar el mundo
sacarme de madrugada
por un lapso de tiempo que me diera la vida
verla alta
abierta oscura y estrellada
cúpula negra
envoltorio hermoso y nuestro
la noche
romper el domingo
huir del arriendo de mi soledad,
a cualquier costa,
recrearme en
tus derrames de parafina
armarme con la memoria justa
que evite el desgaste
desmantelar el declive
que construyen todas las calles
que nos desunen en este instante/necrosis
retorcer con gozo las vísceras de la poesía
para celebrar el cuerpo
y la sangre en movimiento
recordar que tengo las herramientas
para deshacerte de fracaso y lenguajes
para inclinar el dolor y deformarlo
para alimentar de morbo
al chacal que llevamos dentro.
saber que me acuesto en tus ojos
cada vez que los cierras
que sepas que traigo cuevas y un mar adentro
que soy incapaz de evitar el temblor
que regalas a mis piernas
incapaz de calcular la velocidad de la caída
hacer recuento de sogas, hoteles y posibilidades
de tus abrazos-chimenea
tu respiración inundando corazones
como una música bajo el agua
dejar los sueños abiertos como el gas
dormir y no sentir la explosión de los mañana
ladrar con la fuerza de los dioses
y abrirnos en dos
que no nos quepa el nunca
andarnos sin miedo
que te traigo caricias de enfermera
mientras te digo:
que nos ponga nombre o nos lo quite
pero hagámonos algo


martes, 28 de marzo de 2017

ternura bizarra de alta gama



























“mientras chicle permutan  boca a boca
y les tiemblan las piernas, en tijera”

Leduc



Yo venía ya trucada de nacimiento, pero no hacía ruido. Con más vicios que virtudes. Capaz de llenar mis graneros con fardos de desesperación, verter todas las rabias con serenidad y en silencio porque con el fuelle de la tinta aplacaba la vida sin aliño y sólo empantanaba mis huecos. No busqué remedios más allá de sepultarme en abrazos.

La frustración era una planta invasora así que yo huía con poemas inacabados en servilletas sucias tras cada última cena del propio dolor estrecho. Atravesaba todos los controles con una barca loca que daba tumbos en mi corazón, pero yo andaba serena, y acertaba con el índice en mi nariz infinitas veces aunque el llanto lubricante me llegara a las caderas. Sin los pañuelos blancos de mi abuela, naufragué en cada cuneta sin perder el aplomo de la que porta madeja de pensamientos/aspereza y corrales de demonios. 

En mi condición de Kriss de Valnor de saldo pero con ternura bizarra de alta gama,
platónica y algo torturada en la sombra, me dediqué a beberte gatuna para hacerte gelatina el corazón. Para hacer confeti de tus horas negras, serte balsámica y regalarte mis llanuras, corregir el mundo con típex/semén y hacerte trino: inesperado, sucio y mágico.

Al final te quiero humano, rompiendo el estribo, tomando mi cuerpo en terrones a pesar del cansancio, muy cerca los dos de la misma luna, gajo de luz, de cualquier noche. De todas las noches. Vivir el tiempo, no matarlo.  

martes, 21 de marzo de 2017

La belleza de una imagen de street view





Eran maravillosas, toneladas de poesía derramándose en aquellas fotografías. Usarían un programa o había personas a jornada completa emborronando el rostro a otra gente. Venían cargadas de una ingravidez puesta en pausa, un sinfín de travesías a ningún lugar definido que me reconciliaban con algo que suele bramar por dentro y que no sé nombrar. Tan lejos de la impostura. Tan desapercibidas, me invitaban a explorarlas, a perderme en los detalles más nimios.

Quise encontrarnos en alguna. Detrás de una cristalera sucia compartiendo una focaccia deliciosa o en la terraza de La lupita con las risas y los nervios cubiertos de niebla. Poder vernos desde fuera.

Reconocerme en cualquier Salomé de arrabal, tan sedada de realidad, ajena al tráfico y sus zumbidos, apropiándome del fulgor de tu piel cuando se me acerca, toda yo chatarra y emoción, sí, pero tan dichosa, filtrando toda la luz, lejos de la rutina y sus vendettas.


Reconocerte por el gesto de tus brazos, así cuando caen serenos mientras fumas y descuartizas las penas a bocanadas. O en tu andar, reivindicando la calma y el error. Tan nosotros, felices en los márgenes, fabricando cicatrices y momentos salvavidas al mismo tiempo como maniobra de distracción, y siempre con los rostros emborronados sin dejar rastro más allá del perímetro de nuestros cuerpos.

lunes, 13 de marzo de 2017

por fuera de la ropa





Lamernos la tiniebla de los ojos. 
Mordernos la intemperie 
el uno al otro 
y que sólo sea 
el principio.



Tocarte por fuera de la ropa y saber que te llego/llevo dentro.

Excavar, a ciegas, túneles de saliva. Detener nuestro tiempo, enterrados vivos en abrazos. Humo y sal.
Calla, distancia malnacida, ahora somos tintas que se escriben con las manos. Calla, palabra alambrada, demasiado locos para conjugar nada que no sea nuestra carne. Colchas blancas, el bronquio excitado del amado, la melena de la salvaje. He robado un sol y te lo he incrustado dentro. Has roto las ventanas y me has arrancado del invierno. Dos seres hambrientos que recorren el momento. Calor y barbarie. 
El mejor poemario es el de nuestros encuentros.



martes, 24 de enero de 2017

meter el cuerpo en tu mundo
























“Valar morghulis”



Pronóstico: un puñado de poemas, el corazón en cuclillas al filo de la luz y nuestras noches desdobladas gritando desde el vientre en la lengua del dolor.

Quise tejer un huracán en nuestros pulsos, traducir al animal y dilatar tu alarido. Con ecos, partir horizontes. Aprender a temblar en mitad del fracaso y acariciar todos los hielos sin morir. O tal vez solo un poco.

Soportar que la pena nos viola hasta el final. Desnucar lo furioso de la memoria y sus mimbres y sus tardes haciendo de nuestros cuerpos panal. 
 Convocar nuestras sombras, anudarlas, amarlas, desbocarlas. Que caer no significase tumba. 

Hacia dentro, en sangre alcoholizada, construir un inf/vierno y saber cruzarlo. No olvidar que el calor es el atajo que nos lleva a lo hondo, sin arneses, núcleos reventados de rojo. Que nunca es fracaso vaciarse de prados de dolor y jalar nuestras cosechas más salvajes. 

Quise descorrerme en tu mirada con los ojos tan abiertos como el hambre. 

Borrar de exactitudes el futuro, saber que el minutero alberga trampas y escozor. Ser siempre un tintineo de llaves, el vaivén de unas caderas paraíso que te amen. Abusar de la palabra tanto como del silencio aunque sea el derrumbe de la calma, peldaño roto de la cordura.

Nunca amar lento y nunca escribir mansa. Traer agujas y brasas, reventar de ausencia en el papel y registrar las ruinas con amor, tan loba y desbaratada.

Meter el cuerpo en tu mundo. Clavarnos con y en el delirio.

Lamer distancias bastardas y deshacer abismos como nudos en la lana. Tan retorcidos en las puntas. Hacer nuestro el sucio y bello acto de leernos el envés de las corazas. Ser valiente donde está oscuro. 

Vaciar los bolsillos y el alma.


domingo, 8 de enero de 2017

la tragedia de las olas que no rompen




Te entrego este presente, sostenido en ferocidad mundana,
envuelto en papel de periódico, como pesca de barrio,
deshecha en roturas, costuras, pedazos,
domingos –esas carnicerías que me matan-
y aullando como el afinador que ama tus cuchillos desgastados.

Como una caja de mudanza en la que se mezcla todo.
Como huida de una guerra.
O de una paz inacabable.

Me daba pena cortar la hierba alta
pero no rasurar cielos con la mente,
cuando horizontal,
me desmayaba en sueños con las manos.
Siempre fracasaba con el cuerpo
porque la distancia crece como helecho salvaje entre las piernas,
y la desventaja del olvido es una ilusión.

Tú, yo, la mano abierta,
el sexo, el ojo, la boca, la herida
así no se llega vivo a ningún puerto.
Así no beben las flores en jarrones agrietados,
pero ya estaban muertas y no lo sabían.

Cajas de Pandora
y rabias que se encienden para encontrar la noche.
Trajes pequeños para nuestra locura.
Mojados en fuego.
Tratando las penas de frente con las manos desnudas.
Los decibelios de las ganas,
llenando plazas,
dañando cabeceros.
El intento del verso a solas.

Hay una tragedia en las olas que no rompen
pero también la hay en la espuma.
En la espuma de cada momento inmortal que nos llevamos
en cada risa que agrieta feliz la comisura de cada boca
en cada dedo enredado en la melena
en cada tela que se rasga de fiebre
en cada neón que invade una ventana
en cada desquererse a cámara lenta.
Muérdeme los dientes
lame cada arteria como si fuera una calle a ninguna parte
y aparta los restos, como guarnición del momento

nunca me fui infalible



viernes, 30 de diciembre de 2016

el efecto doppler del dolor
























                                                                                                                  "Winter is coming"


 


Así es, cuando lo tienes encima es atronador pero a medida que se aleja se va calmando. Baja su volumen. O será que te acostumbras al daño. Un zumbido familiar. El dolor como un hilo musical que acaba por estar sin ser.
El aceite hirviendo de los corazones, salpicaba la sala, la blusa y el rompiente de las miradas. Después, con el vaho, dibujamos sobre todas las ventanas corazones deformes y palabras que parecían desaparecer con la salida del sol que todo lo seca, pero reaparecían de nuevo con la humedad. Vestigios del momento de esplendor. Recuerdos de la herida. Quién no ha escrito alguna vez en la luna trasera, húmeda o sucia, de un coche. O en el espejo del baño tras la ducha. O en una espalda. O en la arena. A veces también fueron a su manera poemas, marcas, tatuajes efímeros. Pero se los tragó el cristal, el mar, la carne. 

El loop que hicimos de gemidos es la banda sonora a la que regresar cuando el muñón de la vida está demasiado gastado, la vida como las rodillas de un niño o las manos de una madre. Que las fieras también mueren, ya lo sabíamos. Que nos hiere la garganta de la noche, también. Que bajo carpas tristes se consumen los días y las penas. Y la materia prima de los sueños nace de las derrotas que se instalan pecho adentro. 

Que lo impermanente busca su lugar para dejar huella y salir corriendo fabricando el propio y artesanal destierro.
Que mi ansia era tan drástica y la tuya alteraba la geografía de mi cuerpo.
Nuestro amor, una opulencia.
Enamoramiento pélvico que acabó chorreando al corazón.

Que todos íbamos a morir en las fauces postizas de la irrealidad, confundiendo tomas falsas con esa rabia monoplaza que es tan nuestra e indestructible.
Nuestros poemas segregaban fluidos y catástrofe a partes iguales.
Quise serte universo, pero no te llegué a calle. Quise abastecer sed de desierto, pero devine rocío, ni siquiera espeso manantial.

Ausculté tus deseos, lo intenté. Estallido-proeza de la carne en la carne. A veces sólo somos lo que somos, aunque nos cueste aceptarlo.



viernes, 23 de diciembre de 2016

Tegel-Flughafen




























Llegué a las diez de la noche a Berlín y me habían perdido la mochila.

Mi mochila de dos pisos para todo un invierno. Mi Annapurna berlinés y yo a pelo.

Muy pragmática, como buena teutona, la señorita del mostrador, me indicaba que estaba localizada. Que me la traerían a casa. Tuve que rebuscar para encontrar mi “casa” anotada en un papel arrugado. Mi nueva y temporal casa.

Recuerdo esa primera noche. Tú lo tenías todo. Yo no tenía nada. Ni cepillo de dientes, ni mis libros, ni mi pijama, nada. Y tú todo.

Me sentía perdida al principio, como desanclada. Eso sí, el trayecto de ida, tan ligera, tan volátil hasta ese séptimo piso sin ascensor que nos aguardaba en ese enjambre comunista al final de la Otto-Braun-Strasse.

Marco tendrá de todo, es alemán –dijiste. Y así era. Aunque lo único que utilizamos fue su vino blanco, con la coartada de la mochila extraviada siempre. Vino blanco como sustituto de ropa interior. Todo colaría. Todo estaba bien.

Fantaseé con la idea de reemplazar todo el contenido de mi equipaje y ser otra. Leer otros libros, vestir otra ropa. O haber perdido el pasaporte y toda una identidad y ponerme otro nombre. Alguno de esos que encontré en el árbol genealógico, uno exótico como Arabella o enigmático como Helen Ruby.

Chimeneas de carbón que te devolvían a la vida. Volver a sentir manos, pies y descongelar la mandíbula. Y fuera el frío. Podía ver el frío a través de la ventana. Podía olerlo. El frío era un leviatán en sí mismo.  

Recuerdo los dibujos, recuerdo la magdalena mordida y la bandera. Recuerdo esa bola del mundo partida y tirada en el suelo del salón como la mejor metáfora del planeta tierra. Recuerdo los borradores de Natalie, guionista de un culebrón alemán y su cenicero repleto de colillas de rubio y sus gafas y dioptrías aguardando sobre la mesa. Y me recuerdo a mí misma enamorándome de una ciudad.

Marco murió hace cinco años y yo me enteré hace dos meses. Ha estado vivo en mi cabeza durante todo este tiempo. De hecho imaginaba su vida, sus exposiciones, si seguiría con Natalie. En qué andaría metido con sus efectos especiales. Le imaginaba bebiendo glühwein. Picando el hielo de las ventanas del coche cualquier mañana de invierno. Bebiendo cerveza negra cualquier noche en Hackescher Markt. Limpiándose la gafas enteladas al salir de casa. Comprando carbón o vino blanco. Estaba vivo en mi cabeza, y recordé esa cita de que morimos dos veces. La segunda sucede cuando ya nadie nos recuerda. 



a Marco Riedel









domingo, 11 de diciembre de 2016

quitamiedos



Siempre funciona así,
las curvas más peligrosas están repletas de quitamiedos.
Suelen albergar las vistas más maravillosas
u ocultar muros macizos
en los que estampar todos tus órganos internos,
creando un espectacular e improvisado graffiti,
abstracto y devastador,
sea posible.

Así que reduces la velocidad
pero tu mirada se va hacia el abismo.
Justo ahí te gustaría que todo fuera lento,
un slow motion,
mientras suene love reign o'er me
e inhalar ese fragmento de paisaje hasta el cerebro.

Pero el deseo es como un saco repleto de cuchillas de afeitar
que debes cargar a peso y con poca ropa.
Con cuidado o muy drogado.
El cerco al placer,
esa valla guillotina en la que el error rompe el hechizo.
Jugadores de ruleta rusa,
confiados a su suerte,
cum laude en entrega.

De esos que se suben a todas las atracciones en la feria de la decepción.
Con todos los cursos de socorrismo en el cv
y luego ahogados solitarios en playas desiertas.
Carteles de perros peligrosos yendo de farol.
Staff only y al otro lado la nada.

Somos las vistas fantásticas,
somos el miedo y el quitamiedos,
somos el accidente, somos el muro,
el pie en el freno, el asfalto,
la velocidad, el impulso,
la curva cerrada, el abismo y la muerte.

Dependiendo del orden,
valdremos más o menos la pena.