«Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía». Emily Dickinson
Todos hablan del eclipse, del fuego, del saber perder. Yo me senté hoy -ya ayer- a escribir un poema que se llamaba El folio eterno, no el fuego eterno. Lo dedicaba a un joven nacido en Lowell, alérgico a las interrupciones o enamorado de la corriente eléctrica que nace de la escritura sin riendas (como esos caballos que hoy huyen del fuego) recortó y pegó con cinta adhesiva folio tras folio, de un modo frenético, y en apenas tres semanas -ardiendo- sin puntos y aparte, sin márgenes, sin sangrías... scroll infinito, como una carretera eterna, como el flujo de una vida que se inventa segundo a segundo, escribió una novela. O contó su vida, qué más da. No es la canción...
Después, como no podía ser de otra manera, automáticamente me fui por las ramas del poema que no sería. Dime cómo se disuelve el ego cuando todo el mundo trae su justificante de emociones. Cuando todo el mundo habla de lo mismo, cuando todo el mundo ya estuvo "allí", cuando todo el mundo es como todo el mundo. Yo quiero que traigas un poema con pistola. Un poema que haga que Dickinson sonría y tiemble en cada costura intracraneal. Te lo pido a ti y me lo pido a mí misma.
Me anoté en la palma de la mano izquierda el nombre de un pueblo que por lo visto iba a arder: El Tiemblo. Quise saber más y entre la leyenda de una princesa del siglo XV y una anotación del cronista Sampiro en el siglo XI, con esta última me quedé: «Venit in locum que dicitur a Trémulo». Eran tierras repletas de álamo temblón. Cuánta poesía nos aguarda ahí fuera. Cuánta ceguera albergamos dentro. Cuánta poesía se está quemando.
¿Cómo era eso de que somos un río? ¿Dónde quedó eso de la impermanencia, el famoso Anitya?
Este puede ser un folio Mekong donde diluirnos, donde revelarnos como simple pieza del engranaje, y qué. Samapattis de color dolor para salpicar el papel de nosotros sin que se note y escuchar nuestra propia sangre recorriendo nuestras venas. Líbrame de lo evidente, del espejo y la condescendencia. Del corazón vacuo y del algoritmo. De la muchedumbre que solo es un montón de vacío. Ese, el vacío, es el único bosque que debería arder.
Entonces Lorca:
Esta luz, este
fuego que devora.
Este paisaje gris que me rodea.
Este dolor por una sola idea.
Esta angustia de cielo, mundo y hora.
Se acaba el vino y la luz de la vela a la vez y llega el audaz recuerdo a pellizcarme los gemelos, con su balada indescifrable por los lugares que no habité. Atada al mástil, escuché sus cantos.
El corazón que se desnuda se arma, pienso.
Con qué facilidad todo es polvo, con qué facilidad se arruga el vestido de la carne.
Tomar café, tomar muslos, tomar esquinas y fiebres. Saborear paseos por los márgenes donde todo es era savia, rocío, pupila, derrumbe silencioso de las sombras, trinos, musgos amorosos y que ahora nadie ve. Belleza desprotegida obligada a un ave fénix. Otra vez.
Podemos ser todos los lugares que se desprenden en la transparencia de una caricia o habitar la destrucción del sinsentido.
Eclipse, fuego, saber perder. Vuelvo al folio eterno, vuelvo a las esquirlas de los sueños, a lo que queda de lo que fue.

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