"Mira si es verdad mi hombro", reza ese título -que ya es verso- de Pureza que acaba de anclarse, irremediablemente, a mi retina, como este calor derramado y sostenido a la vez en el aire.
Ay de la visibilidad de un recuerdo, ay de la santería del souvenir del momento tatuado, también así, sostenido en el aire, y el sonido de suave helicóptero que tararean las aspas del ventilador recorriendo mi espalda, mientras tecleo, en modo automático, danza de yemas con olor a Yozakura, y libero al verbo que desorientado y ebrio choca con los márgenes de un modo catastrófico y deliberado.
No sé reordenar las lágrimas, los versos o los ayeres, siempre es más fácil distribuir nuestra basura, ahora que como escribió Sbarra cualquier plástico dura más que un amor eterno. Solo sé mirar por la ventana lo que queda del bosque, paisaje fundido cual hierro vegetal. El descanso de las golondrinas ha construido este silencio que me envuelve, cuando caiga el sol regresarán a su actividad de vuelos sin descanso, a su nido de barro y ramas, 18 gramos de fiebre que viene y va. Después se balancearán en el rail roto de bombillas que no quiero quitar porque ahora es de ellas y para siempre.
-¿Dónde colocarías un tercer brazo? -me preguntas poniendo a prueba mi creatividad.
Un desastre exquisito, ando construyendo. Liquen, el poema y yo. Goteo de luz, como los senderos del limo de los caracoles. El sol los hace brillar y ese sí es el poema. El poema inefable.
La calle está llena de animales hiper ansiosos con las manos ocupadas. Los poemas encerrados en manicomios, sueñan con ser escritos una y otra vez en un motel de Santa Rosa. Y todas las poetas locas, y todas las poetas musas, y todas las poetas nada. Tu belleza será electroconvulsiva o no será, les dijeron. Calles que desembocan en el cielo. Una gaviota de un blanco irreal picoteando al erizo muerto en la cuneta. La realidad es un reality desde hace tiempo.
Tecleo tecleo tecleo
-¿Dónde? En la garganta
