Parece que el hombre se viene drogando, de una forma u otra, desde la
prehistoria, y que también los animales se drogan o estimulan a su
manera. Schiller olía manzanas para flipar, Stendhal leía unos párrafos
del Código Civil, Artaud tomaba peyote y se rascaba con un puñalito una
herida del cráneo, Balzac bebía café continuamente, Baudelaire hizo de
las drogas su segunda profesión, o quizá la primera. Verlaine le pegaba
al ajenjo, Dylan Thomas a la cerveza, William Burroughs a todo, Cocteau
al opio, Poe al alcohol, Plá al picón, Tennessee Williams al martini con
seconal, Capote a la vodka, los antiguos a la mandrágora, como
excitante sexual, Rubén Darío a los alcoholes apollinerianos, Michaux a
las drogas que transforman el sueño, y en este plan. Sólo que la droga,
la que sea, pone al genio o al creador a la altura, de sí mismo, le
salva de la condición mediocre de los días, en tanto que, para el resto
de los consumidores, cualquier droga no es sino pasivizante, evasiva,
desestructurante de la personalidad. Hay quien se droga para huir -del
vino al LSD- y quien se droga para crear. En este último caso podríamos
hablar de la droga como cultura (y de la cultura como droga). El
señorito español, tradicionalmente, se desvirgaba con una botella entera
de coñac. Hoy lo hace con una sobredosis de material. Pero sigue siendo
un señorito bebido o drogado. Nuestra literatura ha sido una literatura
de café con leche. El cuerpo suministra sus propios venenos y sus
propias drogas al cerebro, mas tendríamos que hacer nuestra la frase del
Claudio de Robert Graves: -Dejemos que nos invadan todos los venenos
que acechan en el fango.
malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank
domingo, 28 de octubre de 2012
Francisco Umbral
sábado, 27 de octubre de 2012
lo siento, no llueve
Requiero
de los grises y de los cielos bajos que casi toco con los dedos. Factor
meteorológico y malabares de tres bolas: pena, pasión y desaliento. Puedo usar
a mi hombre como una epifanía nocturna pero al final sólo le regalo requiebros
y me ofrezco como tributo para su denostada violencia, en cuartuchos con luz de
celda y frentes abiertos. Te prometo que traigo la materia aprendida y
aprehendida desde mi más adentro, es sólo que a veces la gata ruge o
simplemente ronronea, pero nunca miento. Parezco un lugar seguro cuando me
pierdo en el crepúsculo. Cuando
hablo del desamor soy una amante impertinente, la rabia se acuesta conmigo pero
siempre delante de otra gente.
Rezo por el suicidio del mercurio. Por la lírica teñida de rojo-burdel. Por las
trampas y los tramposos. Por seguir encriptada largo tiempo, y que no me
aprendan nunca. Sueño ser emboscada eterna, epilepsia dulce e isla en tu
naufragio. El cuerpo al que le tienes querencia, el puerto de tu desembarco.
Si
no voy en vuelo raso, todo son noches de vino blanco, lo siento. Una copia defectuosa de mi
mejor momento, si lo hubo, claro. Trémula y mermada soy el mejor de los tangos. Pero qué pena que
me confundas con un aparato eléctrico que busca toma de corriente para ser útil,
cuando a veces yo no quiero ser nada ni nadie, cuando no voy armada de mí
misma, ni disparo. Cuando creo que también hay noche en las estrellas; cuando
pretendo sonreír y sólo escupo letras románticamente mediocres, de esas
inofensivas que venden en todas las tiendas.
Y ahí está, yo misma me impaciento y me
pongo a sufrir aunque no llueva y me busco en el desencanto..y te juro que me encuentro.
viernes, 26 de octubre de 2012
el mundo alucinante - Reynaldo Arenas
El verano. Los pájaros derretidos en pleno vuelo, caen, como plomo hirviente, sobre las cabezas de los arriesgados transeúntes, matándolos al momento.
El verano. La isla, como un pez de metal alargado, centellea y lanza destellos y vapores ígneos que fulminan.
El verano. El mar ha comenzado a evaporarse, y una nube azulosa y candente cubre toda la ciudad.
El verano. La gente, dando voces estentóreas, corre hasta la laguna central, zambulléndose entre sus aguas caldeadas y empastándose con fango toda la piel, para que no se le desprenda el cuerpo.
El verano. Las mujeres, en el centro de la calle, empiezan a desnudarse, y echan a correr sobre los adoquines que sueltan chispas y espejean.
El verano. Yo, dentro del morro, brinco de un lado a otro. Me asomo entre la reja y miro al puerto hirviendo. Y me pongo a gritar que me lancen de cabeza al mar.
El verano. La fiebre del calor ha puesto de mala sangre a los carceleros que, molestos por mis gritos, entran a mi celda y me muelen a golpes. Pido a Dios que me conceda una prueba de su existencia mandándome la muerte. Pero dudo que me oiga. De estar Dios aquí se hubiera vuelto loco.
El verano. Las paredes de mi celda van cambiando de color, y de rosado pasan a rojo, y de rojo al rojo vino, y de rojo vino a negro brillante... el suelo empieza también a brillar como un espejo, y del techo se desprenden las primeras chispas. Solo dándole brincos me puedo sostener, pero en cuanto vuelvo a apoyar los pies siento que se me achicharran. Doy brincos. Doy brincos. Doy brincos.
El verano. Al fin el calor derrite los barrotes de mi celda, y salgo de este horno al rojo, dejando parte de mi cuerpo chamuscado entre los bordes de la ventana, donde el aceite derretido aun reverbera.
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Reynaldo Arenas
jueves, 25 de octubre de 2012
Manuel del Cabral
l a c a r g a
Mi cuerpo estaba allí...nadie lo usaba.
Yo lo puse a sufrir...le metí un hombre.
Pero este equino triste de materia
si tiene hambre me relincha versos,
si sueña, me patea el horizonte;
lo pongo a discutir y suelta bosques,
sólo a mí se parece cuando besa...
No sé qué hacer con este cuerpo mío,
alguien me lo alquiló, yo no sé cuándo...
Me lo dieron desnudo, limpio, manso,
era inocente cuando me lo puse,
pero a ratos,
la razón me lo ensucia y lo adorable...
Yo quiero devolverlo como me lo entregaron;
sin embargo,
yo sé que es tiempo lo que a mí me dieron.
e l m u e b l e
Por escupir secretos en tu vientre,
por el notario
que juntó nuestros besos con un lápiz,
por los paisajes que quedaron presos
en nuestra almohada a trinos desplumados,
por la pantera aún que hay en un dedo,
por tu lengua
que de pronto desprecia superficies,
por las vueltas al mundo sin orillas
en tu ola con náufragos: tu vientre;
y por el lujo que se dan tus senos
de que los limpie un perro que te lame,
un ángel que te ladra si te vistes,
cuatro patas que piensan cuando celan;
todo esto me cuesta solamente tu cuerpo,
un volumen insólito de sueldos regateados,
un ponerme a coser silencios rotos,
un ponerme por dentro detectives,
cuidarme en las esquinas de tu origen,
remendar mi heroísmo de fonógrafo antiguo
todo el año lavando mis bolsillos ingenuos
atrasando el reloj de mi sonrisa,
haciendo blanco el día cuando llega visita,
poniéndole gramática a tus ruidos
poniendo en orden
el manicomio cuerdo de tu sexo;
déjame ahora
que le junte mis dudas a la escoba,
quiero quedarme limpio como un plato de pobre;
tú,
que llenaste mi sangre de caballos,
tú,
que si te miro me relincha el ojo,
dobla tu instinto como en una esquina
y hablemos allí solos,
sin el uso,
sin el ruido
del alquilado mueble de tu cuerpo.
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Manuel del Cabral,
poema
miércoles, 24 de octubre de 2012
grita por mí
...como en las carreras de caballos, escogimos uno con nombre bonito sin
imaginar que hubiera que sacrificarlo si caía o no llegaba a tiempo. y
atascar de nuevo el desagüe con silencios y cabellos rotos para embozar
la vida y malvivir con el desaliento, mientras incubamos un adiós, es lo
más sencillo aunque no puedas creerlo.
ahora aprieta, eh, no poder respirar de nuevo, se te hacen los pulmones
pequeños. si la medicina es dejarlo sangrar, mejor nos mantenemos
enfermos.
y mientras tanto no te digo que ahora eres como una canción de Nick
Drake en la que me siento morir por dentro, y que ahora eres un manojo
de nervios y un muñón que retuerce un alma como en un cuadro de Francis
Bacon.
brillas más cuando no estás, aunque las noches sean icebergs contra los
que me quiebro. y la luz parpadeante de la alarma, como una amenaza,
como el goteo en la porcelana, que mantiene mis ojos abiertos.
(grita por mí si aún hay tiempo).
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Lurdes R. Basoli (imagen),
mis desastres
el salvavidas - Javier Velaza
No es inútil amarse,
finalmente.
Lo mismo que amaestrar serpientes, nos exige
técnica refinada y perder la vergüenza
de actuar frente al mundo en taparrabos.
Y unos nervios de acero.
Pero amar es oficio
saludable también: su liturgia apacigua
el ocio que enajena -como supo Catulo-
y perdió a las ciudades más felices.
Bajo la cuerda floja dispone -no pidáis
una red, porque tal no es posible- otra cuerda,
tan floja, pero última
tan inútil a veces,
bajo la cual no hay nada.
Y entreabre
ventanas que te oreen la cólera y exhiban
a tu noche otras noches diferentes, y así
sólo el amor nos salva a fin de cuentas
del peligro peor que se conoce:
ser sólo -y nada más- nosotros mismos.
Por eso,
ahora que está ya dicho todo y tengo
un sitio en el país de la blasfemia,
ahora que este dolor de hacer palabra
con el propio dolor
traspasa los umbrales
del miedo,
necesito de tu amor como analgésico;
que vengas con tus besos de morfina a sedarme,
y rodees mi talle con tus brazos
haciendo un salvavidas, para impedir que me hunda
la plomada letal de la tristeza;
que me pongas vestidos de esperanza -ya casi
no recordaba una palabra así-,
aunque me queden grandes como a un niño
la camisa más grande de su padre;
que administres mi olvido y el don de la inconsciencia;
que me albergues de mí -mi enemigo peor
y más tenaz-, que me hagas un socaire,
aunque sea mentira
-porque todos es mentira
y la tuya es piadosa-;
que me tapes los ojos
y digas ya pasó, ya pasó, ya pasó
-aunque nada se pase, porque nada se pasa-,
ya pasó,
ya pasó,
ya pasó,
ya pasó.
Y si nada nos libra de la muerte,
al menos que el amor nos salve de la vida.
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Sara Saudkova
martes, 23 de octubre de 2012
y los te quiero
a veces desapareces como desaparece la playa cuando sube la marea y los nombres y los te quiero que
escribimos con cañas, descalzos y locos. a veces no estás en ninguna
calle y te busco en el reflejo de los escaparates inútilmente y me sabe a
óxido mirar el cielo. tampoco eres tú el que toma un café en esa plaza
junto a ese perro triste y esa estatua que todo lo sabe. ni es tuya esa
mano en la barandilla que podría tocarme. no te encuentro en los acordes
que saco de la guitarra cuando aún no ha llovido, ni en las tardes que
se alargan manoseando las horas sin conseguir que se parezcan a nada. a
nada que valga la pena.
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prosa poética
lunes, 22 de octubre de 2012
el sueño (fragmento) - August Strindberg
" La tierra no esta limpia
la vida no es buena
los hombres no son malos
tampoco son buenos
una vez al día
los hijos del polvo
en el polvo deben divagar
nacidos del polvo
al polvo regresan
les dieron pies para arrastrar los pasos
no alas.
La culpa es de ellos
o vuestra? "
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August Strindberg
domingo, 21 de octubre de 2012
común presencia - René Char
Tienes urgencia de escribir
Como si te hubieras rezagado en la vida Si es así corteja a tus fuentes Apresúrate Date prisa a transmitir Tu parte de maravilla de rebelión de beneficencia Efectivamente te has quedado atrás en la vida La vida inexpresable La única a fin de cuentas a la que aceptas unirte Esa que cada día te es negada por los seres y las cosas De la que penosamente obtienes aquí y allá algunos fragmentos descarnados Al término de combates sin tregua Fuera de ella todo no es sino agonía sometida de grosero fin Si encuentras la muerte durante tu tarea Recíbela como la nuca sudorosa encuentra bueno el árido pañuelo Inclinándote Si quieres reír Ofrece tu sumisión Nunca tus armas Fuiste creado por momentos poco comunes Modifícate desaparece sin pena A capricho del rigor suave Gajo a gajo la liquidación del mundo porsigue Sin interrupción Sin extravío Enjambra el polvo Nadie descubrirá vuestra unión.
ornamento y delito
a mí no me vengas entero, ni con frases hechas y caminos recorridos.
a mí llégame violado por la pena
con marcas del azote de la soledad
y los pulmones encharcados de tanto tragar
llégame con olor a trinchera
arrastrado y lleno de lodo
ni victorioso ni laureado
no te quiero manso
llega sediento, ansioso
destrozado
sin ornamento ni imposturas
rendido
y perdido, muy perdido
ven a mí moribundo
buscando refugio en mis labios
habiéndote bebido todas las barras
apestando a humo y derrota buscada
con las rodillas gastadas
déjame lamer las puntas de las flechas con las que te han atravesado
y hacerme collares con las balas que albergas en los vértices ocultos de lo que fue tu alma
quítate la coraza como si fuera un abrigo
no me llegues civilizado
no te acerques a este cuerpo que te ansía si estás domesticado
quiero que me llegues usado
descreído de todo
desnudo y enojado
enajenado
exactamente igual que esta que te ama.
sábado, 20 de octubre de 2012
Jose Sbarra
XVI
No nos une el amor sino el espanto
Borges
No, naturalmente, no nos une el amor
sobrevivimos sin amarnos
¿Cómo podríamos amarnos? Nadie ama a un desdichado
salvo que se trate de un hermoso príncipe de cuentos
y su desdicha sea sólo aburrimiento o hartazgo.
Nos cansa pronto escuchar
un gemido
y más aún cuando no proviene de un bello infante Abandonado
en una cesta a orillas de un lago de garzas y
flamencos.
No, los desdichados estamos confinados a sobrevivir en
la soledad masticando nuestra
humillación como
un veneno
que nunca nos mata.
No, naturalmente, no nos une el amor
en todo caso, lo que nos une es un idéntico resentimiento
una misma rebelión una rebelión
tan desmesurada que acaba por volverse
estéril. No es una rebelión genuinamente política ni
religiosa, es la rebelión
de nuestro origen contra sí mismo
de nuestra sangre contra sí misma
de nuestra nada contra la nada o
de nuestro cielo contra el cielo de los otros.
Es la rebelión de los que sufrimos porque deseamos algo
que no existe.
No, naturalmente, no nos une el amor
nos une el magnetismo de esta casa;
nos une este laboratorio del dolor;
nos une este cuarto que nos aísla del Insulto,
del
bostezo indiferente de la calle,
de las lluvias heladas del invierno,
del sol ardiente del verano;
nos une este lugar en el que somos contenidos
y este tiempo que nos mide.
No, naturalmente, no nos une el amor
nos une la misma búsqueda
(o la misma fuga)
Nos unen, en definitiva, los mismos interrogantes,
las mismas ignorancias
y el mismo deseo (una bruta ansiedad)
por conocer al menos el por qué de nuestro sufrimiento.
No, naturalmente, no nos une el amor
nos une, en el mejor de los casos, el terror a la
soledad
completa, la incapacidad de amar a otro ser
sin sentirnos inferiores y humillados.
Nos une un orgullo que se alza cuando más desmoronados
estamos.
Nos une la incredulidad de que alguien diferente pueda
amamos.
No nos une el amor
nos une la vergüenza.
Nos une el pudor de saber tan íntimamente cómo es el otro
y de no saber con la misma intimidad quién es el otro.
Nos une un raro temor, algo así como una envidia antici-
pada por si uno de los dos ingresa
al mundo de los seres
dichosos.
Nos unen todas las bajezas visibles
y las previsibles.
Nos une el fracaso como
un pacto de niños,
firmado con sangre y alfileres.
No, no nos une el amor
ni la esperanza de alguna vez amamos
nos une nuestro empecinamiento contra las insalvables
distancias que nos separan.
Nos une la inercia de dos esculturas que, comparten una
plaza: cada una sobre su piedra sin poder alejarse un
solo paso
pero también sin poder acercarse un
solo paso.
Nos une ese acercamiento incompleto
ese mirarnos cada uno desde su
altura
(o desde su miseria)
(o desde su miseria)
Nos une un largo silencio cargado de palabras
que pesan demasiado para decirlas así porque sí,
sin garantías de que no estallen en los labios al pronun-
ciarlas.
No, no nos une el amor
que es un puente
lo que nos une es un abismo.
Nos une este lamento
que trazamos las tardes de lluvia como dos gatos
arrinconados por niños armados con piedras.
Nos une este lamento
como una esperanza
involuntaria, inconsciente, de que él nos salve.
No, no nos une el amor
quizá sea el infortunio el que nos obliga a aferramos
con tanta
vehemencia,
quizá sea este viento por el que
nos dejamos arrastrar
o quizá sea esta penumbra que nos desdibuja.
No, no nos une el amor
nos une el acicate de una soledad idéntica y diferente
y no es únicamente el temor a la soledad presente
es también la premonición de encontrarnos solos en el
futuro.
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