malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank

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sábado, 15 de agosto de 2026

CAYÓ LA LUZ



Yo sí vi el eclipse, quizá porque estoy hecha de luz y de sombras. Porque me sé pequeña, vulnerable, accidental y prescindible en mitad de tanta y tanta belleza. 

Mejor este exilio, excavado en el ruido, mejor esta herida iluminada, esta luna que arrastra sus mareas negras por los corredores de mi pecho. Aceptar que los planetas no corrigen el borrador de mi destino. 

Cuántas veces callamos la luz entre nuestros cuerpos, cuánta epifanía en cada ocaso ignorada.

Hicimos nuestro un instante, que tal vez, no nos pertenecía, o al menos no fue nuestro hasta que llegó esa apnea solar.

Hasta que las golondrinas regresaron al nido antes de tiempo.

Hasta que el alcaraván abrazó a sus crías en la incertidumbre.

Hasta que cayó la luz mientras callaba el campo.

Fue entonces cuando dejamos hablar a nuestra sombra. 

Entonces se blindó la luz al antojo del universo.

Entonces el silencio de esta herida, del fingirnos luminosos, del sabernos heliocéntricos, de reconocernos más de tiniebla, o incluso de ceguera. 

**

Soy un pequeño temblor entre dos sombras

y en mi pequeñez sentí por un instante, brevísimo,

que el universo entero parecía una palabra a punto de ser dicha.

Ya sé que la noche no cae, se abre, como un fruto oscuro repleto de semillas encendidas.

Sé que esa luz llega desde tan lejos que ya ha olvidado su origen.

Y aun así encuentra el camino hasta mis ojos.

Qué extraña fidelidad, qué hipnótica la paciencia mineral de los astros.

 **

No existe el vacío, es energía y misterio.

Yo, criatura tejida con polvo,

pregunto: ¿Dónde se funden el oro de los amaneceres y la sal azul de las distancias?

Nadie responde, solo la luz, la luz interminable, esa viajera sin rostro, esa mensajera de soles desaparecidos, de paraísos extintos. La luz, esa hechicera.

Dijo el poeta que el universo es un sueño sin orillas.

Y yo, desde esta habitación donde la noche se acumula como agua negra, donde sé que fuera aguardan las estrellas como fieras blancas, no sé nada del universo, solo sé de esa luz que viaja hacia mí desde un lugar que ya no existe. Como el recuerdo de la infancia, como los vestigios de un amor roto. Solo sé que cada despedida fue, es y será un tránsito. Que cada constelación es un sistema nervioso ardiendo sobre la espalda de la inmensidad.

Dejemos de ser un valle orgulloso de su eco. Dejemos de ser el coro de la nada. El tumulto, la sinrazón, el cuerpo armado de todas las guerras, ese ruido constante que cubre nuestro latido, que no nos deja pensar por nosotros mismos. Dejemos de eclipsar lo importante con nuestros flashes. 

Yo, criatura de agua y carbono, con mis huesos de fósforo, pretendo comprender a ese universo que gira con la indiferencia de una madre agotada. Que las galaxias florecen y se extinguen sin preguntar por nosotros y que la luz seguirá hablando aunque nadie la escuche. 


lunes, 30 de mayo de 2011

jueves, 8 de julio de 2010

El túnel - Ernesto Sabato

...y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.
No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable... No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.