my private Howl
He visto a las mejores mentes de mi generación naufragar durante horas en un scroll infinito, desnutridos, famélicos, histéricos, arrastrándose en busca de atención.
He visto a los mejores cerebros de mi generación apagar la pantalla y sentirse recién llegados de una guerra inventada, huérfanos de sensibilidad y autoestima, tras enterrar sus neuronas en un terrible hilo de Twitter.
Endemoniados, consumiéndose por la primigenia conexión ya jamás celestial, hijos de la santa cobertura y la incapacidad para vivir fuera de los focos, de las fauces del ahora, de la impostura.
No nos preocupemos, el vacío está siendo perennemente registrado.
Primer curso: Cómo aullar con la pantalla encendida. Jack, no te subas a la mesa para recitar tus poemas, aquí ya nadie escucha. Publícalos a las nueve cuando el algoritmo promete mayor alcance.
Soy humana, por lo tanto nada es ajeno a mí, ya no Diane, ya no.
La encarnación del avance en dos respuestas que son mantra universal o haiku de la anti naturaleza:
"Soy un humano"
"No soy un robot"
Como respuesta constante: Demuéstralo!!! Doble autentificación.
Mentes que cayeron en la trampa de la velocidad, del púlpito casero ante el altar blanco del buscador, desde el que graznar, no aullar, opiniones sin fin.
Devoraron sin filtro el alimento de la conspiración y titulares tramposos. Mentes que se encadenaron a su propio y pesado ego. Que se sumergían en el eslogan de la felicidad eterna ignorando la letra pequeña de todas las promesas. Que se desvanecieron de ellos mismos sin darse cuenta, diluidos en la masa compacta del sistema nuevo opio, paralizados y dispuestos a vagar voluntariamente en la celda portátil que nace de la mano al ojo.
Tú eres tu cárcel.
Mentes, que se postraban ante el latido mercancía.
Que se estrellaban sin leer el tratado definitivo del desastre que tenían ante sus ojos.
“Quién reventó sus cráneos y devoró sus cerebros y su imaginación?” preguntaba Ginsberg.
De paraísos artificiales a inteligencias artificiales, Baudelaire, resucita, te rogamos.
Ahora que la rabia es tendencia. Ahora que el genio de la lámpara no cumple tus deseos, te los dicta. Ahora que ser intensos es mostrar nuestro egoísmo sin vergüenza.
No hay vértigo en esas ventanas de seis pulgadas de falso cielo azul a máximo brillo, espejo de miseria. No hay vértigo porque no hay salto.
Lo que sí hay son poetas optimizando verso viral, músicos y su riff viral, rostros con su gesto viral, bocas con su insulto viral, puesta de sol viral, enfermos todos de falsa autenticidad.
Tu insomnio a un servidor oculto, entregado. Todo lo que vemos es un anuncio interminable.
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No a una ternura burocrática. Se trata de postergar el fin del mundo. Lo Sagrado siempre será un cuerpo que no renuncia a su temblor.
Millones de ventiladores rezan el mismo salmo eléctrico: enfriar el corazón de la máquina.
El óxido no descansa, dijo el gran Neil, el algoritmo tampoco.
Los mendigos piden batería.
Compárteme tu ubicación aunque estés a mi lado porque no te siento.
El apocalipsis llegará en una actualización automática.
Virales o inmortales, esa es la cuestión
¿Conectarse es encontrarse? "Lo siento, no he entendido la pregunta”, responde el asistente de voz.
En este instante mercancía, los filósofos redactan solicitudes de financiación para demostrar la utilidad económica de la duda. Los revolucionarios pendientes de la analítica de audiencia. Ay del contenido sensible, ay del pezón, eso nunca y la guerra editada en formato vertical, no lo olvides.
Compartir antes de leer. Condenar antes de saber. Responder sin pensar. Ser sin existir. Así se conjugan ahora los verbos.
No es la tecnología, nunca fue la tecnología, es el antiguo deseo de adorar ídolos hechos de materiales nuevos. No más becerros de oro, dame cobertura, no incienso y que nadie sospeche que toda religión comienza cuando dejamos de hacernos preguntas.
En esta misa interminable a uno mismo, cementerio de perfiles y epitafios actualizados cada diez segundos, del dresscode aplaudido, del storytelling manido, que tu dios no tiene rostro, tiene interfaz, que ya no hay paraíso solo experiencia mejorada, te digo.
La revolución es morir sin haber optimizado esa dichosa experiencia, amar sin dejar pruebas, viajar sin dejar rastro, comer sin dejar evidencia, en este siglo que todo registra, ese es el último acto verdaderamente herético.
Somos animales sacrificados y la obscenidad de nuestro siglo es haber perdido la capacidad de ser atravesados por algo. Guárdate tu Tomahawk, que a este cuerpo mío ya le sacaron toda la sangre.
Que los corazones parecen campanas enterradas, que la palabra se acantila y yo caigo sin saber a dónde. Mientras aún una palabra tiembla como un pájaro en mi garganta. Mientras el sol se cose al horizonte con un hilo rojo que hiere. Y unas pestañas llenas de gasolina y polen aprenden a mirar bajo el esmalte rojo de un semáforo. Que la belleza lleva una rosa en la boca y un universo encondido en el silencio. Que lo importante se anuncia en la carne.
¿Quién eres tú? ¿en qué espesura existes?
Ser omnipresente, verlo todo, escucharlo todo, opinar siempre...
Como diría el gran Bartleby: PREFERIRÍA NO HACERLO.
A mí dame la oscuridad donde brillan las luciérnagas.














