malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank

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sábado, 1 de agosto de 2026

A MÍ DAME LA OSCURIDAD DONDE BRILLAN LAS LUCIÉRNAGAS

                                              my private Howl


He visto a las mejores mentes de mi generación naufragar durante horas en un scroll infinito, desnutridos, famélicos, histéricos, arrastrándose en busca de atención.

He visto a los mejores cerebros de mi generación apagar la pantalla y sentirse recién llegados de una guerra inventada, huérfanos de sensibilidad y autoestima, tras enterrar sus neuronas en un terrible hilo de Twitter. 

Endemoniados, consumiéndose por la primigenia conexión ya jamás celestial, hijos de la santa cobertura y la incapacidad para vivir fuera de los focos, de las fauces del ahora, de la impostura. 

No nos preocupemos, el vacío está siendo perennemente registrado. 

Primer curso: Cómo aullar con la pantalla encendida. Jack, no te subas a la mesa para recitar tus poemas, aquí ya nadie escucha. Publícalos a las nueve cuando el algoritmo promete mayor alcance.

Soy humana, por lo tanto nada es ajeno a mí, ya no Diane, ya no.

La encarnación del avance en dos respuestas que son mantra universal o haiku de la anti naturaleza: 

"Soy un humano"

"No soy un robot"

Como respuesta constante: Demuéstralo!!! Doble autentificación.

Mentes que cayeron en la trampa de la velocidad, del púlpito casero ante el altar blanco del buscador, desde el que graznar, no aullar, opiniones sin fin. 

Devoraron sin filtro el alimento de la conspiración y titulares tramposos. Mentes que se encadenaron a su propio y pesado ego. Que se sumergían en el eslogan de la felicidad eterna ignorando la letra pequeña de todas las promesas. Que se desvanecieron de ellos mismos sin darse cuenta, diluidos en la masa compacta del sistema nuevo opio, paralizados y dispuestos a vagar voluntariamente en la celda portátil que nace de la mano al ojo. 

Tú eres tu cárcel.

Mentes, que se postraban ante el latido mercancía.

Que se estrellaban sin leer el tratado definitivo del desastre que tenían ante sus ojos.

“Quién reventó sus cráneos y devoró sus cerebros y su imaginación?” preguntaba Ginsberg.

De paraísos artificiales a inteligencias artificiales, Baudelaire, resucita, te rogamos.

Ahora que la rabia es tendencia. Ahora que el genio de la lámpara no cumple tus deseos, te los dicta. Ahora que ser intensos es mostrar nuestro egoísmo sin vergüenza.

No hay vértigo en esas ventanas de seis pulgadas de falso cielo azul a máximo brillo, espejo de miseria. No hay vértigo porque no hay salto. 

Lo que sí hay son poetas optimizando verso viral, músicos y su riff viral, rostros con su gesto viral, bocas con su insulto viral, puesta de sol viral, enfermos todos de falsa autenticidad.

Tu insomnio a un servidor oculto, entregado. Todo lo que vemos es un anuncio interminable.

******

No a una ternura burocrática. Se trata de postergar el fin del mundo. Lo Sagrado siempre será un cuerpo que no renuncia a su temblor.

Millones de ventiladores rezan el mismo salmo eléctrico: enfriar el corazón de la máquina.

El óxido no descansa, dijo el gran Neil, el algoritmo tampoco.

Los mendigos piden batería.

Compárteme tu ubicación aunque estés a mi lado porque no te siento.

El apocalipsis llegará en una actualización automática.

Virales o inmortales, esa es la cuestión

¿Conectarse es encontrarse? "Lo siento, no he entendido la pregunta”, responde el asistente de voz.

En este instante mercancía, los filósofos redactan solicitudes de financiación para demostrar la utilidad económica de la duda. Los revolucionarios pendientes de la analítica de audiencia. Ay del contenido sensible, ay del pezón, eso nunca y la guerra editada en formato vertical, no lo olvides.

Compartir antes de leer. Condenar antes de saber. Responder sin pensar. Ser sin existir. Así se conjugan ahora los verbos.

No es la tecnología, nunca fue la tecnología, es el antiguo deseo de adorar ídolos hechos de materiales nuevos. No más becerros de oro, dame cobertura, no incienso y que nadie sospeche que toda religión comienza cuando dejamos de hacernos preguntas. 

En esta misa interminable a uno mismo, cementerio de perfiles y epitafios actualizados cada diez segundos, del dresscode aplaudido, del storytelling manido, que tu dios no tiene rostro, tiene interfaz, que ya no hay paraíso solo experiencia mejorada, te digo.

La revolución es morir sin haber optimizado esa dichosa experiencia, amar sin dejar pruebas, viajar sin dejar rastro, comer sin dejar evidencia, en este siglo que todo registra, ese es el último acto verdaderamente herético.

Somos animales sacrificados y la obscenidad de nuestro siglo es haber perdido la capacidad de ser atravesados por algo. Guárdate tu Tomahawk, que a este cuerpo mío ya le sacaron toda la sangre.

Que los corazones parecen campanas enterradas, que la palabra se acantila y yo caigo sin saber a dónde. Mientras aún una palabra tiembla como un pájaro en mi garganta. Mientras el sol se cose al horizonte con un hilo rojo que hiere. Y unas pestañas llenas de gasolina y polen aprenden a mirar bajo el esmalte rojo de un semáforo. Que la belleza lleva una rosa en la boca y un universo encondido en el silencio. Que lo importante se anuncia en la carne.

¿Quién eres tú? ¿en qué espesura existes?

Ser omnipresente, verlo todo, escucharlo todo, opinar siempre...

Como diría el gran Bartleby: PREFERIRÍA NO HACERLO.

A mí dame la oscuridad donde brillan las luciérnagas.





domingo, 19 de julio de 2026

Ab imo pectore o Ab imo abysso

 

Carta de amor a la luz que se hunde.

En el desfiladero de tu mirada se ha detenido un albatros que con el pulso atávico de sus alas, va a vencerte. Emprenderá el vuelo y tú la caída.

Cuando la luz parece que se entierra en la línea del horizonte, luz que se destiñe en rojos, luz que se amapola. Luz que se deshace como la esperanza, que tú, quiromante, tallas en las palmas de tus manos a puñaladas. 

Hay un espacio entre el recuerdo y la desesperación del corazón que se extravió en su propio vuelo, Ícaro ridículo. Narciso esquizo. Velero a la deriva. Ilusión que naufraga.

Hay una carta escrita con fuego que llega de un tiempo antiguo. Pero ya no quieres leer.

Se ensancha la herida, imagen exuberante en la memoria, y una semilla salvaje germina en el lagrimal de un adiós tan gratuito como ya irremediable. Pero ya no quieres ver.

El poema semiprecioso nace de la mina de tus entrañas y balbucea grita aúlla brama clama un canto improvisado en la agonía que no sobrevivirá jamás a la mañana, porque ya no quieres escuchar.

Un caligrama dibujado en el abismo, párpados que cargan tormentas.

Una sombra infinita que fue creciendo.

Dame amor sin fanatismo, imploraba. Una ternura diamantina, dame un exceso de calma.

Pero ni un auxilio de caricias llegaba.

Ensayamos el gesto sonámbulo del que conoce tan bien su dolor, su destino, el que fuera su territorio que esquivamos quicios y cantos para no despertar, para no existir fuera del sueño. Porque ya no queremos saber.

Fabricando una oasis-burladero para olvidar donde el nace el poema y sus corales de tristeza, el que quiso forjar un imperio, no un pecio doliente de emociones, de recuerdos, no una herida entre el cielo y la tierra. 

Un amanecer sin revelación, quién lo quiere, solo una playa muerta y unas gaviotas hambrientas y un mar respirando detrás de ellas, inmenso, como una fosa común que hubiera aprendido a gritar. 


Oye poeta, le dicen, desenchufa* el amanecer,

Oye poeta, desconecta los relámpagos, como dijo Bolaño.


Que quiero una noche oscura y silenciosa en esta isla, a ver si la tienes.

Que quiero mojar tu pirotecnia hecha de impostura y prisas.

Con la saliva de mis versos.

Con ráfagas de consciencia aniquilante.

Con primerísimo plano del desastre.

Amansar los flashes de la nada.

Conversar, de nuevo, con la mirada verdadera.

Microfonear tu latido, si es que existe.

Contemplar pájaros y nubes, si es que existen.

Dejar de marcar con una X el lugar del tesoro que siempre fue el lugar de la trampa.

Apoderarme de la llanura de tus hombros, morder tu yugular a ver si sangras.

Adueñarme de lo abstracto sin medida.

Criptica amazona del camino polvoriento.

De la vereda llena de espino y amapolas.

Vaciar el stock de la rabia.

Que mi vida fue ver nacer y crecer un desierto.

De las emociones, de lo verde, de dónde queda el arrepentimiento.

De quién son estos sueños atroces?

Que está bien no brillar.

Que está bien habitar el margen.

Que está bien pasar desapercibido,

andar, no volar,

está bien ser 

sin más

con menos.

Que está bien vivir.

Nos inmolamos públicamente y no era necesario.

Nuestras alas de gigante, como dijo el poeta, nos impidieron caminar. 


 


 

miércoles, 15 de abril de 2026

UN FULGOR CÍCLICO



 



¡No quiero brillar, sino fosforescer!

 

Confiné la luz en mi piel, pero ella se desató como se desatan los corceles que se sueñan salvajes. Como se desatan las lenguas con el vino o un oleaje que azota la Tramontana, ese viento daliniano que talla sus poemas sobre la roca. La noche como un terrón de azúcar que se deshace lentamente. Hay una silla vacía respirando a mi lado, como si el silencio tuviera costillas. Auxilio. Me inclino sobre la herida como un junco. La huelo, la lamo, la entiendo. El tiempo escribe con uñas sobre un vidrio empañado una palabra que se niega a morir, aunque ya no signifique nada. He aprendido a hablar con lo que se pierde, le pregunto al humo por su fuego, le pregunto al polvo por su fe. 

«¿No han visto cómo fosforecen las rocas por culpa de ciertos minerales?» se preguntaba Scorza en Tumba para un hombre.

No hay centro, sólo esta deriva: una lengua que se muerde a sí misma, una fuerza que renace, un relámpago que escribe, aunque nadie lo lea, aunque el papel sea apenas otra forma de la noche. 

Nadie reclama el vaso roto, nadie reclama el origen de la herida, la curva cerrada, la infección y su negrura. Queda el neón enfermo, queda el agua apestosa de la flor muerta, la flor desnucada en un jarrón precioso. Los semáforos rezan en rojo y los coches pasan como animales que han olvidado el nombre del miedo. La noche mastica anuncios publicitarios del fin del mundo con una tristeza educada. La lluvia corrige las palabras que habitan por un instante el vaho de los cuerpos hasta lo irreconocible. 

Vamos a cruzar el fuego sin dar explicaciones. Todos los fuegos, todas la palabras, los desiertos, las rabias, los enjambres, las quimeras, los aciertos, las avenidas con sus rascacielos, los amores, los desvelos, las manadas de recuerdos, el subsuelo y en medio del caos perderemos nuestra aureola.  

Me observo. Albergo dos realidades. Soy una ciudad. Soy un bosque. 

El bosque es una forma de respiración. Un animal detenido en su propia vigilia. Un idioma vegetal que insiste, una corteza que murmura. Su silencio tiene raíces. Su oscuridad no es ausencia, es espesura. 

La ciudad en cambio fosforece, no como un milagro, sino como una herida que aprendió a iluminarse. Un oleaje de asfalto. Los edificios laten con una luz verdosa, enferma, hermosa, como si el concreto recordara haber sido musgo. 

Fosforescer es el verbo secreto de las cosas abandonadas. Fosforece el agua estancada en los charcos donde la noche se mira los dientes. Fosforecen los semáforos cansados de una canción de Quique. Las ventanas que no me esperan. 

 Ay si la lengua sangrara más despacio sobre este papel tan blanco, ay si mi cuerpo fuera el mapa del fracaso. 

Venga a mí toda la luz desatada. 











jueves, 30 de junio de 2022

no interrumpir lo sublime (o la luz cúrcuma)



Nubes de diseño sobre las que escribo cartas que saben caer sobre ciudades turbias, poema aeroplano en busca de una azotea limpia, poema cóndor que avista descanso y respiración profunda (bajemos, amor, a la mina). Leí a un poeta decir que un poeta dijo que hay mujeres que tienen noches de capitán. Después hablaba de leyendas de impureza. ¿Todo esto para qué? Para dedicarme al amor sin sordina. Deambularme libre y trina. Para habitar mi tinta anacrónica. Amor vida muerte. Muerte amor y vida. Ese es el orden del verdadero desorden. La luz perfora el ojo de la aguja más que la aguja en sí. 
Querer ser un cante jondo. Querer ser una mujer morena que quiere cazar pájaros con redes de viento y derribar estrellas y disparar nebulosas.
Mostrarme ociosa en el coliseo de tu cuerpo, sacrificio de las furias. Prolongo el grito como prolongo mi orilla. Soy una isla. Soy un infinito. Quemo las tablas de equivalencia. Quemo los barcos de tristeza. Aquí la navegación del garabato de las yemas labra su propia bitácora. Que el corazón no es un río navegable, lo gritan las corrientes. Que el vino resucita la ternura y viste de fantasía la noche más oscura, es la sabiduría que no muda la serpiente. Una luz cúrcuma invadiendo las pieles. Tus manos horquillas de mi carne en el jardín botánico. Te pido la raíz violenta y la brazada. La sonrisa en el crepúsculo y la señal derramada sobre el mar no indolente. 
Quiero ser la inscripción en tu mirada como árbol tatuado en las sienes. 






sábado, 15 de septiembre de 2012

le mort joyeux - Charles Baudelaire

el muerto alegre 

En una tierra crasa y llena de caracoles
Yo mismo quiero cavar una fosa profunda,
Donde pueda holgadamente tender mis viejos huesos
Y dormir en el olvido como un tiburón en la onda.

Yo odio los testamentos y yo odio las tumbas;

Antes que implorar una lágrima del mundo
Viviente, preferiría invitar a los cuervos
A sangrar todas las puntas de mi osamenta inmunda.

¡Oh, gusanos! negros compañeros sin orejas y sin ojos,

Ved cómo hasta vosotros llega un muerto libre y alegre;
Filosóficos vividores, hijos de la podredumbre,

A través de mi ruina pasad sin remordimientos,

Y decidme si hay aún alguna tortura
Para este viejo cuerpo sin alma ¡y muerto entre los muertos!

sábado, 15 de octubre de 2011

Los beneficios de la Luna, Charles Baudelaire

Autorretrato en acuarela de Charles Baudelaire.



La Luna, que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías en la cuna, y se dijo: "Esa criatura me agrada." 

Y bajó muellemente por su escalera de nubes y pasó sin ruido a través de los cristales. Luego se tendió sobre ti con la ternura flexible de una madre, y depositó en tu faz sus colores. Las pupilas se te quedaron verdes y las mejillas sumamente pálidas. De contemplar a tal visitante, se te agrandaron de manera tan rara los ojos, tan tiernamente te apretó la garganta, que te dejó para siempre ganas de llorar. 

Entretanto, en la expansión de su alegría, la Luna llenaba todo el cuarto como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso; y toda aquella luz viva estaba pensando y diciendo: "Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave. 


"Y serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás reina de los hombres de ojos verdes a quienes apreté la garganta en mis caricias nocturnas; de los que quieren al mar, al mar inmenso, tumultuoso y verde; al agua informe y multiforme, al sitio en que no están, a la mujer que no conocen, a las flores siniestras que parecen incensarios de una religión desconocida, a los perfumes que turban la voluntad y a los animales salvajes y voluptuosos que son emblema de su locura."
Y por esto, niña mimada, maldita y querida, estoy ahora tendido a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la terrible divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

viernes, 11 de febrero de 2011

Las muchedumbres - Charles Baudelaire

No a todos les es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte; y sólo puede darse a expensas del género humano un atracón de vitalidad aquel a quien un hada insufló en la cuna el gusto del disfraz y la careta, el odio del domicilio y la pasión del viaje.

Multitud, soledad: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. El que no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en una muchedumbre atareada.

Goza el poeta del incomparable privilegio de poder a su guisa ser él y ser otros. Como las almas errantes en busca de cuerpo, entra cuando quiere en la persona de cada cual. Sólo para él está todo vacante; y si ciertos lugares parecen cerrársele, será que a sus ojos no valen la pena de una visita.

El paseante solitario y pensativo saca una embriaguez singular de esta universal comunión. El que fácilmente se desposa con la muchedumbre, conoce placeres febriles, de que estarán eternamente privados el egoísta, cerrado como un cofre, y el perezoso, interno como un molusco. Adopta por suyas todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le ofrecen.

Lo que llaman amor los hombres es sobrado pequeño, sobrado restringido y débil, comparado con esta inefable orgía, con esta santa prostitución del alma, que se da toda ella, poesía y caridad, a lo imprevisto que se revela, a lo desconocido que pasa.

Bueno es decir alguna vez a los venturosos de este mundo, aunque sólo sea para humillar un instante su orgullo necio, que hay venturas superiores a la suya, más vastas y más refinadas. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros, desterrados en la externidad del mundo, conocen, sin duda, algo de estas misteriosas embriagueces; y en el seno de la vasta familia que su genio se formó, alguna vez han de reírse de los que les compadecen por su fortuna, tan agitada, y por su vida, tan casta.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

IX Sugestiones (Cohetes) - Charles Baudelaire

"A propósito del sueño, aventura siniestra de todas las noches, puede decirse que los hombres se duermen diariamente con una audacia que parecería incomprensible si no supiéramos que es el resultado de la ignorancia del peligro"

martes, 12 de febrero de 2008

Charles Baudelaire, maldito y moderno




El albatros

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
que siguen, indolentes compañeros de viaje,
al navío surcando los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
dejan penosamente arrastrando las alas,
sus grandes alas blancas semejantes a remos.
Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
aquél, mima cojeando al planeador inválido!
El Poeta es igual a este señor del nublo,
que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
sus alas de gigante le impiden caminar.








El viaje
I

Para el niño, enamorado de mapas y estampas,
El universo es igual a su vasto apetito.
¡Ah! ¡Cuan grande es el mundo a la claridad de las lámparas!
¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!

Una mañana zarpamos, la mente inflamada,
El corazón desbordante de rencor y de amargos deseos,
Y nos marchamos, siguiendo el ritmo de la onda
Meciendo nuestro infinito sobre el confín de los mares.

Algunos, dichosos al huir de una patria infame;
Otros, del horror de sus orígenes, y unos contados,
Astrólogos sumergidos en los ojos de una mujer,
La Circe tiránica de los peligrosos perfumes.

Para no convertirse en bestias, se embriagan
De espacio y de luz, y de cielos incendiados;
El hielo que los muerde, los soles que los broncean,
Borran lentamente la huella de los besos.

Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten
Por partir; corazones ligeros, semejantes a los globos,
De su fatalidad jamás ellos se apartan,
Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!

¡Son aquellos cuyos deseos tienen forma de nubes,
Y que como el conscripto, sueñan con el cañón,
En intensas voluptuosidades, mutables, desconocidas,
Y de las que el espíritu humano jamás ha conocido el nombre!


II

Imitamos ¡horror! al trompo y la pelota
En su danza y sus saltos; hasta en nuestros sueños
La Curiosidad nos atormenta y nos envuelve,
Como un Ángel cruel que fustigará soles.

¡Singular fortuna en la que el final se desplaza,
Y no estando en parte alguna, puede hallarse por doquier!
¡Donde el Hombre, que jamás la esperanza abandona,
Para lograr el reposo corre siempre como un loco!

Nuestra alma es nave de tres palos buscando su Icaria;
Una voz resuena en el puente: "¡Atención!"
Una voz desde la cofa, ardiente y loca, clama:
"¡Amor... gloria... felicidad!" ¡Infierno! ¡Es un escollo!

Cada islote señalado por el vigía
Es un El dorado prometido por el Destino;
La imaginación, que acucia su orgía
No halla más que un arrecife al amanecer.

¡Oh, el infeliz enamorado de tierras quiméricas!
¿Habrá que engrillar y arrojar al mar,
A este marinero borracho, inventor de Américas
Para el cual el espejismo toma el remolino más amargo?

Como el viejo vagabundo, chapaleando en el lodo
Sueña, husmeando en el aire, brillantes paraísos;
Su mirada hechizada descubre una Capúa
En cuanto lugar la candela alumbra un tugurio.


III

¡Asombrosos viajeros! ¡Qué nobles relatos
Leemos en vuestros ojos profundos como los mares!
Mostradnos los joyeros de vuestras ricas memorias,
Esas alhajas maravillosas, hechas de astros y de éter.

¡Deseamos viajar sin vapor y sin velas!
Para ahuyentar el tedio de nuestras prisiones,
Haced desfilar nuestros espíritus, tensos como un lienzo,
Vuestros recuerdos enmarcados por horizontes.

Decid, ¿qué habéis visto?


IV

"Hemos visto astros
Y olas; hemos visto playas además;
Y, malgrado muchos choques e imprevistos desastres,
Nos hemos hastiado, a menudo, como aquí.

El esplendor del sol sobre el mar violáceo,
El esplendor de las ciudades en el sol poniente,
Encendían en nuestros corazones el impulso inquietante
De sumergirnos en el cielo con su reflejo fascinante.

Las más ricas ciudades, los más amplios paisajes,
Jamás contenían el atractivo misterioso
De aquellos que el azar forma con las nubes.
¡Y siempre el deseo nos tornaba inquietos!

—El gozo acrecienta del deseo la fuerza.
¡Deseo, viejo árbol, al cual el placer sirviéndole de abono,
Entretanto acrecienta y endurece tu corteza,
Tus ramas quieren ver el sol de más cerca!

¿Crecerás siempre, gran árbol, más vivaz
Que el ciprés? —Sin embargo, nosotros, con cuidado,
Recogimos algunos croquis para vuestro álbum voraz,
¡Hermanos que encontráis bello todo cuanto viene de lejos!

Hemos saludado ídolos engañosos;
Tronos constelados de joyas luminosas;
Palacios adornados cuya feérica pompa
Sería para vuestros banqueros un sueño ruinoso;

Vestimentas que son para la vista una embriaguez;
Mujeres cuyos dientes y las uñas están pintados,
Y juglares sabios que la serpiente acaricia."


V

Y después, y después. ¿Todavía, qué más?


VI

"¡Oh, cerebros infantiles!"

Para no olvidar el tema capital,
Hemos visto en todas partes, y sin haberlo buscado,
Desde arriba hasta abajo la escala fatal,
El espectáculo enojoso del inmortal pecado:

La mujer, esclava vil, orgullosa y estúpida,
Sin reír extasiándose y adorándose sin repugnancia;
El hombre, tirano goloso, lascivo, duro y ávido,
Esclavo de la esclava y arroyo en la cloaca;

El verdugo que goza, el mártir que solloza;
La fiesta que sazona y perfuma la sangre;
El veneno del poder enervando al déspota,
Y el pueblo amoroso del látigo embrutecedor;

Muchas religiones semejantes a la nuestra,
Todas escalando el cielo; la Santidad,
Cual un lecho de plumas donde un refinado se revuelca,
En los clavos y la cerda, buscando la voluptuosidad;

La Humanidad habladora, ebria de su genialidad,
Y enloquecida, hoy como lo estaba ayer,
Clamando a Dios, en su furibunda agonía:
"¡Oh, mi semejante, oh mi señor, yo te maldigo!"

Y los menos necios, atrevidos amantes de la Demencia,
Huyendo del gran rebaño acorralado por el Destino,
Refugiándose en el opio inconmensurable!
—Tal es del globo entero el eterno boletín."


VII

¡Amargo sabor, aquel que se extrae del viaje!
El mundo, monótono y pequeño, en el presente,
Ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen;
Un oasis de horror en un desierto de tedio!

¿Es menester partir? ¿Quedarse? Si te puedes quedar, quédate;
Parte, si es menester. Uno corre, el otro se oculta
Para engañar ese enemigo vigilante y funesto,
¡El Tiempo! El pertenece, a los corredores sin respiro,

Como el Judío Errante y como los apóstoles,
A quien nada basta, ni vagón ni navío,
Para huir de este retiro infame; y aun hay otros
Que saben matarlo sin abandonar su cuna.

Cuando, finalmente, él ponga su planta sobre nuestro espinazo,
Podremos esperar y clamar: ¡Adelante!
Lo mismo que otras veces, cuando zarpamos para la China,
Con la mirada hacia lo lejos y los cabellos al viento,

Nos embarcaremos sobre el mar de las Tinieblas
Con el corazón gozoso del joven pasajero.
Escucháis esas voces, embelesadoras y fúnebres,
Que cantan: "¡Por aquí! vosotros que queréis saborear

¡El Loto perfumado! Es aquí donde se cosechan
Los frutos milagrosos que vuestro corazón apetece;
Acudid a embriagaros con la dulzura extraña
De esta siesta que jamás tiene fin!"

Por el acento familiar barruntamos al espectro;
Nuestros Pilades, allá, nos tienden sus brazos.
"¡Para refrescar tu corazón boga hacia tu Electra!"
Dice aquella a la que en otros días besábamos las rodillas.


VIII

¡Oh, Muerte, venerable capitana, ya es tiempo! ¡Levemos el ancla!
Esta tierra nos hastía, ¡oh, Muerte! ¡Aparejemos!
¡Si el cielo y la mar están negros como la tinta,
Nuestros corazones, a los que tú conoces, están radiantes!

¡Viértenos tu veneno para que nos reconforte!
Este fuego tanto nos abraza el cerebro, que queremos
Sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?
¡Hasta el fondo de lo Desconocido, para encontrar lo nuevo!