Yo sí vi el eclipse, quizá porque estoy hecha de luz y de sombras. Porque me sé pequeña, vulnerable, accidental y prescindible en mitad de tanta y tanta belleza.
Mejor este exilio, excavado en el ruido, mejor esta herida iluminada, esta luna que arrastra sus mareas negras por los corredores de mi pecho. Aceptar que los planetas no corrigen el borrador de mi destino.
Cuántas veces callamos la luz entre nuestros cuerpos,
cuánta epifanía en cada ocaso ignorada.
Hicimos nuestro un instante, que tal vez, no nos pertenecía,
o al menos no fue nuestro hasta que llegó esa apnea solar.
Hasta que las golondrinas regresaron al nido antes de
tiempo.
Hasta que el alcaraván abrazó a sus crías en la incertidumbre.
Hasta que cayó la luz mientras callaba el campo.
Fue entonces cuando dejamos hablar a nuestra sombra.
Entonces se blindó la luz al antojo del universo.
Entonces el silencio de esta herida, del fingirnos luminosos, del sabernos heliocéntricos, de reconocernos más de tiniebla, o incluso de ceguera.
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Soy un pequeño temblor entre dos sombras
y en mi pequeñez sentí por un instante, brevísimo,
que el universo entero parecía una palabra a punto de ser dicha.
Ya sé que la noche no cae, se abre, como un fruto oscuro
repleto de semillas encendidas.
Sé que esa luz llega desde tan lejos que ya ha olvidado
su origen.
Y aun así encuentra el camino hasta mis ojos.
Qué extraña fidelidad, qué hipnótica la paciencia mineral
de los astros.
No existe el vacío, es energía y misterio.
Yo, criatura tejida con polvo,
pregunto: ¿Dónde se funden el oro de los amaneceres y la
sal azul de las distancias?
Nadie responde, solo la luz, la luz interminable, esa
viajera sin rostro, esa mensajera de soles desaparecidos, de paraísos extintos.
La luz, esa hechicera.
Dijo el poeta que el universo es un sueño sin orillas.
Y yo, desde esta habitación donde la noche se acumula como agua negra, donde sé que fuera aguardan las estrellas como fieras blancas, no sé nada del universo, solo sé de esa luz que viaja hacia mí desde un lugar que ya no existe. Como el recuerdo de la infancia, como los vestigios de un amor roto. Solo sé que cada despedida fue, es y será un tránsito. Que cada constelación es un sistema nervioso ardiendo sobre la espalda de la inmensidad.
Dejemos de ser un valle orgulloso de su eco. Dejemos de
ser el coro de la nada. El tumulto, la sinrazón, el cuerpo armado de todas las guerras, ese ruido constante que cubre nuestro latido, que no nos deja pensar por nosotros mismos. Dejemos de eclipsar lo importante con nuestros flashes.
Yo, criatura de agua y carbono, con mis huesos de fósforo, pretendo comprender a ese universo que gira con la indiferencia de una madre agotada. Que las galaxias florecen y se extinguen sin preguntar por nosotros y que la luz seguirá hablando aunque nadie la escuche.

siempre habrá alguien que, hasta el último latido y aunque sea de espaldas, escuche la luz sabiendo que arde para alumbrar el misterio que no deja de temblar entre las sombras... si no para qué latir
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