Se acordó de cuando estuvo solo en Constantinopla, tras reñir con ella en
París y marcharse. Había ido de putas sin parar, y cuando acabó, y vio que no
conseguía matar la soledad, sino empeorarla, le escribió a ella, a la primera, a
la que le dejó, una carta en la que le decía que nunca había sido capaz de matar
la soledad... Que una vez creyó haberla visto delante del Regence y le vino un
mareo y una náusea, y que cuando iba por el bulevar y veía a una mujer que se le
parecía un poco se ponía a seguirla, temiendo descubrir que no era
ella.
malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank
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martes, 11 de septiembre de 2012
viernes, 29 de julio de 2011
El viejo y el mar - Ernest Hemingway
Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, lo llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o incluso un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía evitarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.
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