Carta de amor a la luz que se hunde.
En el desfiladero de tu mirada se ha detenido un albatros que con el pulso atávico de sus alas, va a vencerte. Emprenderá el vuelo y tú la caída.
Cuando la luz parece que se entierra en la línea del horizonte, luz que se destiñe en rojos, luz que se amapola. Luz que se deshace como la esperanza, que tú, quiromante, tallas en las palmas de tus manos a puñaladas.
Hay un espacio entre el recuerdo y la desesperación del
corazón que se extravió en su propio vuelo, Ícaro ridículo. Narciso esquizo. Velero a la deriva. Ilusión que naufraga.
Hay una carta escrita con fuego que llega de un tiempo antiguo. Pero ya no quieres leer.
Se ensancha la herida, imagen exuberante en la memoria, y una semilla
salvaje germina en el lagrimal de un adiós tan gratuito como ya irremediable. Pero ya no quieres ver.
El poema semiprecioso nace de la mina de tus entrañas y balbucea grita aúlla brama clama un canto improvisado en la agonía que no sobrevivirá jamás a la
mañana, porque ya no quieres escuchar.
Un caligrama dibujado en el abismo, párpados que cargan tormentas.
Una sombra infinita que fue creciendo.
Dame amor sin fanatismo, imploraba. Una ternura diamantina, dame un exceso de calma.
Pero ni un auxilio de caricias llegaba.
Ensayamos el gesto sonámbulo del que conoce tan bien su dolor, su destino, el que fuera su territorio que esquivamos quicios y cantos para no despertar, para no existir fuera del sueño. Porque ya no queremos saber.
Fabricando una oasis-burladero para olvidar donde el nace el poema y sus corales de tristeza, el que quiso forjar un imperio, no un pecio doliente de emociones, de recuerdos, no una herida entre el cielo y la tierra.
Un amanecer sin revelación, quién lo quiere, solo una playa muerta y unas gaviotas hambrientas y un mar respirando detrás de ellas, inmenso, como una fosa común que hubiera aprendido a gritar.
Oye poeta, le dicen, desenchufa* el amanecer,
Oye poeta, desconecta los relámpagos, como
dijo Bolaño.
Que quiero una noche oscura y silenciosa en esta isla, a ver si la tienes.
Que quiero mojar tu pirotecnia hecha de impostura y prisas.
Con la saliva de mis versos.
Con ráfagas de consciencia aniquilante.
Con primerísimo plano del desastre.
Amansar los flashes de la nada.
Conversar, de nuevo, con la mirada verdadera.
Microfonear tu latido, si es que existe.
Contemplar pájaros y nubes, si es que existen.
Dejar de marcar con una X el lugar del tesoro que siempre fue el lugar de la trampa.
Apoderarme de la llanura de tus hombros, morder tu yugular a ver si sangras.
Adueñarme de lo abstracto sin medida.
Criptica amazona del camino polvoriento.
De la vereda llena de espino y amapolas.
Vaciar el stock de la rabia.
Que mi vida fue ver nacer y crecer un desierto.
De las emociones, de lo verde, de dónde queda el arrepentimiento.
De quién son estos sueños atroces?
Que está bien no brillar.
Que está bien habitar el margen.
Que está bien pasar desapercibido,
andar, no volar,
está bien ser
sin más
con menos.
Que está bien vivir.
Nos inmolamos públicamente y no era necesario.
Nuestras alas de gigante, como dijo el poeta, nos impidieron caminar.

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