¡No quiero brillar, sino fosforescer!
Confiné la luz en mi piel, pero ella se desató como se desatan los corceles
que se sueñan salvajes. Como se desatan las lenguas con el vino o un oleaje que
azota la Tramontana, ese viento daliniano que talla sus poemas sobre la roca.
La noche como un terrón de azúcar que se deshace lentamente. Hay una silla
vacía respirando a mi lado, como si el silencio tuviera costillas. Auxilio. Me inclino
sobre la herida como un junco. La huelo, la lamo, la entiendo. El tiempo escribe
con uñas sobre un vidrio empañado una palabra que se niega a morir, aunque ya
no signifique nada. He aprendido a hablar con lo que se pierde, le pregunto al
humo por su fuego, le pregunto al polvo por su fe.
«¿No han visto cómo fosforecen las rocas por culpa de ciertos minerales?» se
preguntaba Scorza en Tumba para un hombre.
No hay centro, sólo esta deriva: una lengua que se muerde a sí misma, una
fuerza que renace, un relámpago que escribe, aunque nadie lo lea, aunque el
papel sea apenas otra forma de la noche.
Nadie reclama el vaso roto, nadie reclama el origen de la herida, la curva
cerrada, la infección y su negrura. Queda el neón enfermo, queda el agua
apestosa de la flor muerta, la flor desnucada en un jarrón precioso. Los
semáforos rezan en rojo y los coches pasan como animales que han olvidado el
nombre del miedo. La noche mastica anuncios publicitarios del fin del mundo con
una tristeza educada. La lluvia corrige las palabras que habitan por un
instante el vaho de los cuerpos hasta lo irreconocible.
Vamos a cruzar el fuego sin dar explicaciones. Todos los fuegos, todas la palabras, los desiertos, las rabias, los enjambres, las quimeras, los aciertos, las avenidas con sus rascacielos, los amores, los desvelos, las manadas de recuerdos, el subsuelo y en medio
del caos perderemos nuestra aureola.
Me observo. Albergo dos realidades. Soy una ciudad. Soy un bosque.
El bosque es una forma de respiración. Un animal detenido en su propia vigilia. Un idioma vegetal que insiste, una corteza que murmura. Su silencio tiene raíces. Su oscuridad no es ausencia, es espesura.
La ciudad en cambio fosforece, no como un milagro, sino como una herida que
aprendió a iluminarse. Un oleaje de asfalto. Los edificios laten con una luz verdosa, enferma,
hermosa, como si el concreto recordara haber sido musgo.
Fosforescer es el
verbo secreto de las cosas abandonadas. Fosforece el agua estancada en los
charcos donde la noche se mira los dientes. Fosforecen los semáforos cansados
de una canción de Quique. Las ventanas que no me esperan.
Ay
si la lengua sangrara más despacio sobre este papel tan blanco, ay si mi cuerpo fuera el mapa del fracaso.
Venga a mí toda la luz desatada.

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