malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank

martes, 4 de diciembre de 2012

estados de desÁnimo


así de puntillas, alcanzo el cielo, con la yema de los dedos, dulce y pérfido cosquilleo,
lo rasgo, lo atrapo, como papel de flores que nos decora la nada, nuestro techo.
no es inútil rescatarse,
me repito a mí misma como un mantra,
yo lo intento,
cuando irrumpe la tormenta de claroscuros cargada de húmeda electricidad
y el desorden cava túneles en la roca viva de nuestro cerebro,
yo me busco, me rastreo,
trato de reconocerme en mitad del naufragio,
salvarme,
cuando aún me queda aliento
y cuando me alcanzo,
me someto,
me obligo, me ordeno,
y entonces, de nuevo, me pierdo
y el rencor como una manta mojada de invierno que nos envuelve y vuelve ateridos e injustos,
en lo profundo, donde nos pesan las anclas que nos nacieron dentro,
cuando muerde ahí la sinrazón.
y eres un tren que corta la noche, me cruzas veloz como un cuchillo lleno de pánico y se inclina el día,
la tarde y la violenta melodía de los sueños que derramamos con toda la intención,
sobre la mesa, sobre el suelo, sobre el colchón.
y en esta amalgama de intuiciones silentes que nos va moldeando
al antojo y semejanza del egoísmo más espantoso,
ya no me reconozco
y rompo el pacto leonino que me ofrecía la vida,
y me desamparo
y me desconsuelo
y me abandono
porque no me valgo ni me tengo clemencia
y me ensaño con el pasado
mientras intento traducir el rictus de mi rostro,
el no brillo de mis ojos,
el nudo de mi estómago,
y el desastre del rastro de mi presente.

(que debo amaestrar esta ansiedad
me gritan mis venas
y hacer de ella sacrilegio
o hallar la causa que me pierde
y salvarme a tiempo
o ser simplemente una hembra más extraviada entre tanto viento).


lunes, 3 de diciembre de 2012

allí donde contengo un desierto oscuro




Allí donde contengo un desierto oscuro
de ilusiones enlutadas y oasis fingidos,
con una inabarcable necesidad de caricias,
allí crecía yo.
Allí donde retengo un ansia, un quiero y un instante turbio.
Precisamente ahí, no entraba nadie.
Sería una coraza.
Sería una melancolía indómita la que me infectaba.
Serás tú que me hallas siempre ofreciéndote un abrazo de aeropuerto
y me encuentras ondeando una bandera de mujer sin patria
que sólo pretende arder en las fronteras de tu cuerpo.
Arder, sí,
en portales de madrugada que nos marcan el regreso
a esas casas que no son hogares,
a esas pieles que no son puertos.

Se me puede hacer eterno un segundo
y puedo morir en el interludio de tus miradas
y los días sin ti son pequeños ataúdes
repletos de los besos que no te di, que no te estoy dando,
ataúdes que rebosan gemidos que desembocan en el viento,
mientras se pudre el amor de los que no se tocan
y germina el deseo de los que como animales se ansían. 

(y no es muy normal sorprenderse
y no es muy normal encontrar tanta luz)
  
Pero ya está, entraste,
en esta hembra inhóspita y lejana
Irrumpiste en mi noche oscura.
Ya me quité el hierro,
el escudo, la angustia.
Me arranqué la rabia como ropa vieja.
Hay esquinas de la vida que pueden resultar hermosas.
Hay que aprender a clavárselas bien adentro.

sábado, 1 de diciembre de 2012

esta calma tensa
























al pensarte también hago altos, respiro, danza el aire dentro de mí, en corredores cálidos
no puede ser de otra manera, podría olvidar expulsar tu recuerdo y no iría bien
se trata de vestirme y desnudarme con tu aliento
darme algo de batalla y algo de paz al mismo tiempo
que no todo sea ecuador en este cuerpo
que me trepe el noviembre y me hagas frío

(tengo que sentir el suelo o confundiré caída y vuelo)

no pretendo salir ilesa de ti
magullada de besos y tatuada de noches 
quizá

amarrada a madrugadas
mordiéndome el labio
mordiéndome el alma
tal vez

a veces se llama desesperación
y es una lluvia de balas
que acierta y habita los golpes viejos
que tiene memoria la piel
y tiene desvanes el desconsuelo
ya lo decían los libros que no llegué a leer

a veces se llama refugio
y es un vuelo ligero en un día claro
y son piezas que encajan 
la sonrisa encuentra hueco

pero que no se me vaya esto
esto que me apresa
que me detiene
que me desarma
que no se rompa esta calma tensa que me llena
y que le inventa los acentos a las palabras que aún no encuentro.



jueves, 29 de noviembre de 2012

"segunda hybris" - Javier Velaza




(Antes de aquel instante ella albergaba océanos,
abisales dominios donde duerme la noche,
piélagos habitados por seres imposibles,
hidras, rayas, siluros, medusas, hipocampos,
formidables escilas de letal alarido).

Él sondeó las cálidas corrientes en sus sienes,
las venas una a una de aquel cuerpo reciente,
batíscafo de linfas se embriagó en el espasmo
del prodigioso pálpito que por fin la animaba,
al fin viva, al fin viva, al fin estaba viva.

Se sumergió en aquellas plácidas tibiedades
–tan lejos ya la fría blancura de su mármol
inerte a la caricia, desoladoramente
congelada al contacto su pasión de necrófilo–,
recorrió cada playa, descansó en las bahías,
seguro de que cada silencio era el primero,
porque la ley exacta del abismo la saben
los dioses solamente y él era un dios, lo era.

(Y ella sintió perpleja el trasiego en su vientre
sin discernir si el sueño era este o el otro).
Él concibió la fiebre de lo inmutable. Quiso
la obra de su deseo en un ya sempiterno,
perenne todo, todo perpetuamente inmane,
eis aiei, eis aiei, bramaba en su locura.
(Ella experimentó como una aguda ráfaga
el asombro fugaz de saberse a sí misma).

Planeó iluminarla de soles sin ocaso,
la clepsidra acostada sobre el truncado gnomon
habría de sellarlos en lo eterno. Mas dicen
que la palabra Siempre le cercenó los labios.
Qué dolor inefable de metales al rojo
lo atravesó, qué burla saberla tan efímera,
qué desmesura estéril si ella había de rendirse
también a la secuencia que todo lo consume.

Entonces él devino un fragor de blasfemias
contra el cincel y el beso y el hálito de Venus
que a través de su boca descabelladamente
le habían conferido la vida y su contrario.
(Y ella, casa sin puertas, a punto de vigilia
intuyó otro letargo duplicado en sus vísceras).

Aborreció la carne como hubo odiado el mármol,
y en sí mismo el principio que muta las sustancias
y a ella, que no era ella, porque no era perfecta
(ella no tuvo nombre, no se nombra lo Uno).
Y deliró el milagro de otra metamorfosis
–tal era su suplicio, pero él estaba ciego–,
y otra vez Pigmalión la deseó sin vida
porque sólo los muertos pueden ser inmortales,
otra vez solitario demiurgo insatisfecho
otra vez Pigmalión.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

me mancho de vuestro aliento


me mancho de vuestro aliento
me desnuco febrilmente con cada palabra que me regaláis
me contagiáis de vida
hacéis que brille mi suciedad y mi cansancio
y que parezca neón
y aunque peco de desagradecida
os llevo dentro, 
en el segundo espacio intercostal
donde duelen las cosas buenas
los ataques de alma, los latidos 
y el bombeo de esa tinta espesa y oscura 
que circula por nuestros adentros.
gracias


Julia

una raza de amor


en cada verso denso que te brota y que conlleva el atropello de mis sentidos
en cada luz ámbar que me marca tu pestañeo, me abandono

nos dejamos olvidados
en mis hornos y en tus pozos del destierro más buscado
allí donde existe una raza de amor hermosa y embrutecida
con la que nos desvestimos 
en tardes de sobria resaca de invierno

en cada sonrisa se me abre el cielo como una herida.
una lluvia roja que me tiñe de falsas amapolas.

allí donde existe una raza de amor furiosa y de perra lúbrica
en la que tan sólo gobierna el instinto
y me sanas con tu hechizo
y me enfermas en la travesía que me ha de llevar
de tu frente a tus labios
y de tu boca a tu hambre

cambiemos el truco por la magia
ahora que se le ven las costuras a esta mujer de hiedra, frescor y desmesura
y que ansía en tus brazos y entre tus labios 
hallar cobijo 
y estallar de calma.

martes, 27 de noviembre de 2012

Derek Walcott, poemas



D e s e n l a c e
Yo vivo solo
al borde del agua sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:

una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

Mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad

de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a

la poesía sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,
y en una vida inmaculada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.
Voy a olvidar la sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.
 




En los otros ochenta, cien veranos que marcharon...
En los otros ochenta, cien veranos que marcharon
como la luz de un paraíso doméstico, la idea del cielo
de un hedonista era el aparador de una cocina francesa,
manzanas y garrafas de arcilla de Chardin a los Impresionistas,
el arte era une tranche de vie, queso o pan horneado en casa-
la luz, en su opinión, era lo mejor que el tiempo ofrecía.
El ojo era la única verdad, y aquello que atraviesa
la retina se desvanece al amanecer; la profundidad de nature morte
era que la propia muerte es sólo otra superficie
como el lienzo, pues pintar no puede capturar el pensamiento.
Cien veranos que se fueron, con el acordeón que hace olas,
faldas almohadilladas, grupos en botes, golpes blancos como zinc en el agua,
muchachas cuyas mejillas ruborizadas no sobrevivieron a sus rosas.
Entonces, como tubos desecados, los soldados retorcidos
se amontonaron en el Somme y Verdun. Y los muertos
menos reales que una explosión fatal de crisantemos,
idéntico carmesí para la naturaleza muerta y la matanza
de jóvenes. Tenían razón -todo le vale
al pintor con su caballete puesto como un fusil en los hombros.



 
E l   a m o r   d e s p u é s   d e l   a m o r
 



El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.




lunes, 26 de noviembre de 2012

antología de Spoon River - Edgar Lee Masters


 s i l e n c i o



He conocido el silencio de las estrellas y del mar,
Y el silencio de la ciudad cuando calla,
Y el silencio de un hombre y una mujer,
Y el silencio por el que la música sólo encuentra su palabra,
Y el silencio de los bosques antes de los vientos de la primavera,
Y el silencio de los enfermos
Cuando sus ojos vagan por la habitación.
Y pregunto: ¿Para qué cosas profundas sirve el lenguaje?
Una bestia del campo se queja unas pocas veces
Cuando la muerte se lleva a su cría.
Y nosotros nos quedamos mudos ante realidades de las que no podemos hablar.
Un chico curioso le pregunta a un soldado viejo sentado
frente a un almacén 
--¿Cómo perdiste la pierna?
Y el viejo soldado se queda sin palabras
o desvía el pensamiento
porque no puede concentrarlo en Gettysburg.
Y vuelve jocoso
Y le dice: Un oso me la comió.
Y el chico se maravilla, mientras el viejo soldado
Mudo, débil, sobrevive a
Los fogonazos de los revólveres, al trueno del cañón,
Los gritos de los asesinados,
 Y a él mismo tendido en el suelo,
Y a los cirujanos del hospital, los cuchillos,
Y a los largos días en cama.
Pero si pudiera describir todo esto
Sería un artista.
Pero si fuera un artista debería haber palabras más hondas
Que él no podría describir.
Está el silencio de un gran odio,
Y el silencio de un gran amor,
Y el silencio de una profunda paz interior,
Y el silencio de una amistad traicionada,
Está el silencio de una crisis espiritual,
A través del cual, el alma, exquisitamente torturada,
Llega a visiones que no pueden pronunciarse
En un reino de vida superior.
Y el silencio de los dioses que se entienden sin hablar,
Está el silencio de la derrota.
 

Está el silencio de los injustamente castigados;
Y el silencio de los agonizantes cuya mano
de pronto toca la nuestra.
Está el silencio entre el padre y el hijo,
Cuando el padre es incapaz de explicar su vida,
Y por eso mismo resulta incomprendido.
Hay el silencio que crece entre el marido y la mujer.
Hay el silencio de aquellos que fracasaron;
Y el vasto silencio que cubre
A las naciones quebradas y a los líderes vencidos.
Está el silencio de Lincoln,
Pensando en la pobreza de su juventud.
Y el silencio de Napoleón 
Después de Waterloo.
Y el silencio de Juana de Arco
Diciendo entre las llamas, "Jesús Bendito"...
Revelando en dos palabras toda la pena, toda la esperanza.
Y hay el silencio de la vejez,
tan lleno de sabiduría que la lengua no pronuncia
las palabras inteligibles para aquellos que no han vivido
La gran extensión de la vida.
Y está el silencio de los muertos.
Si nosotros, vivos,no podemos hablar de profundas experiencias,
¿Por qué asombrarse de que los muertos
no nos hablen de la muerte?
Su silencio será interpretado
Cuando nos acerquemos a ellos.

más epitafios en: http://es.scribd.com/doc/26718283/ANTOLOGIA-DE-SPOON-RIVER-SELECCION



domingo, 25 de noviembre de 2012

el metro - Seamus Heaney





Ahí estábamos corriendo por los túneles abovedados,
tú deprisa delante, con tu abrigo de estreno
y yo, yo entonces como un dios velocísimo ganándote
terreno antes de que te convirtieras en un junco

o alguna nueva flor blanca salpicada de rojo
mientras el abrigo batía salvajemente y botón tras botón
saltaban y caían, dejando un rastro
entre el metro y el Albert Hall.

De luna de miel, luneando, ya tarde para el Baile de Promoción,
nuestros ecos mueren en ese corredor y ahora
vengo como lo hizo Hansel sobre las piedras iluminadas por la luna
recorriendo el sendero de nuevo, recogiendo botones

para acabar en una estación con corrientes de aire y luz de lámparas
cuando los trenes ya se han ido, las vías húmedas
desnudas y tensas como yo, todo atención
por si tus pasos me siguen, pero antes muerto que mirar atrás.

Joan Margarit, poemas


a q u e l l  o s     t i e m p o s 
                                 Yo nací -perdonadme-, en la edad de la pérgola y el tenis. 
Jaime Gil de Biedma

Como todos los días, antes de que amanezca,
cojo el coche y me voy a nadar.
Está lloviendo y hace frío, avanzo
rodeado por la danza de otros faros
tras el velo de lluvia de las calles.

Llego al aparcamiento, entre las pistas
y la piscina, cuando ya amanece.
Bajo del coche y veo allá en el suelo
la pelota de tenis, recubierta
de suave lana y empapada de agua.
Una amarilla, enorme perla
sobre los adoquines que relucen,
duros y barnizados por la lluvia.

Me sorprende un recuerdo. Viene de los azules
cielos de una miseria grisácea y afectuosa,
sin pérgolas ni tenis. Qué alegría
si yo hubiese encontrado esta pelota,
tan suntuosa entonces para mí,
tan humillada ahora por la lluvia.

Mi soledad, lo mismo que la suya,
ha perdido hace tiempo su prestigio.
Veo en el suelo del aparcamiento
todo lo que he amado y no podré
salvar nunca del frío y de la lluvia.

n a v e g a n t e    s o l i t a r i o

Una noche sin luna para el hombre
que ha buscado la paz en el mar. 
La única luz es la del camarote,
y no hay nadie en cubierta. Abarloado
por estribor al pantalán, el yate
se balancea suavemente
en el agua de negro terciopelo,
como un caballo en una cuadra. 
El hombre no se duerme. Escucha los obenques
y los estays quejándose cuando el palo se inclina
con un siniestro chapoteo. 
La vida es como un mar, que lo acorrala
en puertos más lejanos cada vez.
Más insignificantes.
Y con frecuencia en ellos no hay más luz
que la de su velero. Esto es casa. 

f r a g m e n t o s

¿En qué oscuro lugar dentro de mí                          
levantan en silencio su vuelo dos urracas?
Íbamos en un coche, éramos jóvenes,
y al salir de una curva, allí estaban,
sobre el asfalto,
picoteando con furia a un perro muerto.
En el último instante y sin prisas,
echaron a volar con su elegante
plumaje blanco y negro.
Ninguno de los dos dijimos nada,
y tú, que conducías, hiciste un gesto de asco.

Nunca lo he olvidado. Si te miro,
todavía al fondo de tus ojos,
dos urracas levantan, con lentitud, el vuelo.
Amo lo que nos queda:
este vuelo nupcial y la carroña.

j ó v e n e s    e n    l a    n o c h e

No es de la historia mi nostalgia. 
Es de la geografía. De cómo era la noche
en la ciudad marítima que contemplábamos
desde aquel bar de Vallvidriera.
Tiempo para el dolor: el mismo
que para la alegría.
El que, como un torrente, 
deja paso a un tiempo de tristeza.
No hay ni un precipicio, ni un suspiro
al que yo no me hubiese podido anticipar. 

No es de la la historia mi nostalgia.
Es de la geografía. 
De cómo era la noche en una costa
sin casa alguna hasta lo lejos
donde se oía sólo la fuerza de las olas. 
El olor de la noche era el del mar,
y en las estrellas vimos un refugio
sin darnos cuenta de que contemplábamos
la negra grupa del caballo del tiempo.
No es de la historia mi nostalgia. 
Es de la geografía.

viernes, 23 de noviembre de 2012

(ATMósfera)

 ay de ti que ya no le cantas al agua
sino tan sólo a la sed.
(desconocido)

cuando todo es una vida que se tira desde el andén
y en el fondo eres tú, que te abalanzas a mis brazos
cuando son anclajes que se rompen, ceden, 
y en el fondo soy yo, que me rindo  y doblo mi espinazo
cuando en la tormenta yo no sé ver la luz
cuando amanezco llorada
y pernocta entre mis muslos el deseo
cuando me brota la vida
y la confundo con la condena de un reo.

si ya me sé tu sabor
por qué me suena todo a amenaza
si ya entiendo de tu dolor
cómo me atraviesan tus balas

despierto, arañada por el fado
me arrastro, como un amor decadente y destronado
con un éxodo de recuerdos
que me mecían en noches más que oscuras
que ya conozco hasta el hartazgo.
no pienso cerrar las puertas
cuando estalles desesperado
cuando el pulso embravecido y acelerado
te venza y te desmaye
aunque me ataquen por sotavento
el desasosiego y las ganas de maltratarme,
aguardaré inquebrantable
con cadencia de poema insano
ala rota y ocaso inesperado
de los rojizos, de los que sangran, duelen
cuando no esperaban ya de la vida demasiado
de los que hieren con sus heridas
de los que bailan moribundos y anestesiados
y se acercan al abismo y lo huelen entre sus brazos
lo acunan, lo aman, lo alborotan y lo alcanzan,
con gusto, con arrojo, con devoción de enamorado.
ahí el salto y la rabia
ahí el golpe al desencanto
cruzando los dedos
rezando a alguien que no existe
 
me acechas
te acecho
te desaprendo
me desaprendes 
por el goce de descubrirnos
siempre nuevos y apasionados.