malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank

miércoles, 26 de julio de 2023

vocación de incendio o la belleza por error




Me interesé por el muralismo hiperviolento y la filosofía hindú, cuando ya el corazón del mundo ardía.

Rodas, Argel, Palermo. 

Poésie-verité, con energía real. Inundarlo todo. Desde los veinte queriendo ser una peonza enloquecida y mi lengua una púa, a lo Papasquiaro. Vivir en la catarsis no acaba de funcionar, qué calle, qué piso, qué puerta, qué campo. Con vocación de incendio, vestida para el baile, armada de tinta, así huyen los poetas, como los pulpos, como el calamar. La piel es un vaticinio. La sonrisa una trinchera que hace las veces de hoguera, de hogar. El poema aguardiente mediterráneo. Me dirijo a una boca de incendio o una escalera de emergencia en un brownie neoyorquino y bebo sangría con Lou, para alejarnos del fuego, pero ya es tarde, me dirijo a la belleza por error, que diría Kundera. Me tatuaré en el hombro izquierdo el blackstar de Bowie. Escribiré el poema de la supernova que nunca fui. Balconing en el corazón y de fondo versos de San Juan de la cruz. La noche oscura del alma. Suena Astral weeks en bucle. Albricias, reina egipcia, la cuna ya arde cual biblioteca de Alejandría. Compite una lágrima por mi fosa nasal izquierda con otra que se desliza por mi mejilla derecha. Ambas, barridas en mi labio superior, acaban en mi lengua y ese es el fotofinish de todas las carreras.

Hablé tanto del fuego que no pensé en el sol. LUX LUX LUX. 

Las máquinas no podrán hacer bacanales ni derramarán el vino. Ni serán abducidas por cantos de serenas sirenas. Hay que ser caníbales, leí por ahí. Y jaulas abiertas. Artesanos de la carne. Y vagabundos futuros por elección. 

Abrir los ojos como un alarido en mitad de tanto fuego equivocado. 

Dame a luz. Sin diplomacia. En cualquier calle. En cualquier camino. Pero dame. La antología de la nada duele como los veranos sin espuma. Como el crepúsculo famélico que atraviesan los caballos de la desesperación de Faulkner. Como los cuchillos del tiempo. Y las canciones sin nadie cerca. O el crimen de los recuerdos. O el caminar a solas la propia piel. Sin veneno exquisito todo serán cenizas. La comedia sin divinidad o el viaje sin nada que no sea noche. El poema se masturba y se desprecia. Demasiadas curvas había en sus ojos. Cómo desnudar a una mujer hecha de silencios. 

Aguardar en el jardín de los torsos 

a que florezcan 

o enloquezcan

mientras todo arde. 




los derechos de lector no existen.

viernes, 21 de julio de 2023

Filosofías del underground - Luis Racionero

¿Por qué esta obsesión por ser racional? ¿Por qué idolizar una forma de pensamiento, inventada por hombres del siglo V, hasta el punto de pedirle al mundo que también él sea racional y nos dé soluciones racionales a nuestras preguntas? El mundo y la vida son como son. Los únicos que somos racionales somos nosotros. No es correcto inventar el racionalismo y luego proyectarlo sobre el mundo, y pedirle que sea racional. Esto es un proceso neurótico denominado en psicoanálisis transferencia. La cuestión no estriba en seguir haciéndole preguntas racionales a la vida, no en seguir empeñándose en que el mundo actúe según una lógica racional; porque esta es una actitud paranoica nacida del miedo a la vida y a la imparcialidad de la naturaleza. La actitud mental sana consiste en buscar intensamente la experiencia, vivir las situaciones con la mente abierta, tratando de aprender por experiencia cuál es la ordenada racionalidad del mundo. ¿Por qué tanto miedo a lo irracional? ¿Por qué nos asusta el flujo de la vida y necesitamos aferrarnos a las ilusorias esencias inmutables del racionalismo? Detrás del miedo al cambio está el miedo a la muerte. Sería preferible menos cartesianismo y algo más de gozo ante el misterio de la vida. Que la desesperación y la angustia sean las actitudes más nobles ante la vida es una idea puritana y represiva. Muchas veces lo que más cuesta no es lo mejor; el sufrimiento no aumenta la energía vital, sino que la mutila; y en último término lo fundamental para la vida es la energía vital. Energía, decía Blake, es gozo eterno. El pensamiento puede potenciar o coartar esta energía. Quien prefiera un Kierkegaard para explicar lo absurdo de la vida puede empaparse de lúcida desesperación: es su elección subjetiva y temperamental. Pero quien quiera usar el pensamiento para aumentar sus energías vitales, para vivir más intensamente, para sumergirse en la corriente vital, que todo lo lava y alimenta, hallará útiles las filosofías irracionales, que no tienen por objetivo la búsqueda de la verdad, sino la experiencia del gozo vital. De eso que Jorge Guillén definía, sencillamente así:

                  Ser nada más. Y basta.
                   Es la absoluta dicha. 



viernes, 23 de junio de 2023

el fade out de la luz y el fuego

 



¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

Jorge Luis Borges

¡Luz, más luz!

J. W. Goethe


Yo quiero que me lea la biblia Leonard Cohen en la noche insomne que llega cargada de aristas y versos con puntas de obsidiana que hacen diana en mi pecho, perdidos en este campo de Agramante, sin más luz que la del fuego. Con el cuero del corazón bien sellado como un pasaporte antiguo y aún vivo, y darte el contrapicado de mi espalda y que todo sea una eterna madrugada de luna nueva y pleamar sin artificio.  

Fabricar una locución amorosa en la hora de la poesía, esa hora azul, casi eterna, de las cuatro de la mañana, como decía Sylvia, anterior al llanto del bebé, anterior a la vidriosa música del lechero que deja las botellas.

Yo quiero escuchar una canción que hable de faldas y atropellos en el alma, que me llene el pecho de paz furiosa, como un runrun del galope de mil caballos enloquecidos que puedo tocar con calma.

Quiero que alguien narre los mil imperios que nos nacen a solas bebiendo vino bajo las estrellas mientras arden en hogueras románticas los momentos oscuros y los deseos. Mientras esnifo este Mare Nostrum y venero a nuestros dioses paganos con plenitud y osadía.

Que alguien dibuje lo incontenible de la flor, la infinitud de mi risa, lo inenarrable de la pérdida, que derrame caricias sobre las colinas y que se mezclen con el calor de los animales salvajes que viven de noche como las trompetas de ángel o las flores de loto.

Quiero escribir una oda al vacío que crece dentro y cómo arrasan los fade out de las canciones que amamos, todo la crueldad de la belleza cuando se despide a la francesa para recitarla en balcones modernistas de callejuelas estrechas donde el sol entra como por rendijas solo un momento.

Alguien podría después labrar las nubes para alborotar la luz entre el dolor y la alegría y así, mientras Ginsberg aúlla el Sutra del corazón podamos, cual llamaradas feroces, partir a lo más alto.

Quiero un desmayo bañada en la luz de D. F., y una epifanía en la luz de Granada cuando entienda que la profundidad de una cicatriz es solo la cripta de un daño.

Aprender a blandir los rayos y las llamas para triturar penumbras de silencio y regalarte la luz que acuchilla un vitral romano a mediodía.

Lorca dijo la luz no sabe qué quiere, se me ocurre que por eso invade y penetra con fuerza y luego se rinde cálida y mansamente. Por eso escribe sobre la ruta de la sal que inventan los cuerpos. Por eso lo puede todo. Por eso a bordo de ti se despliega como un velero y es un clamor, grita, jadea, se retuerce, de deshace y se humilla.

Hoy las calles recuerdan que fueron campo un día, escribió Borges.

Hagamos nuestra la caligrafía del sol y escribamos una carta de fuego. Seamos un timón de luz que enloquezca cada día.


viernes, 9 de junio de 2023

Instrucciones para blindar un corazón, José María Parreño

 



Entre mis argumentos para la desesperanza
estás tú,
el disturbio sangriento, los debates
de Naciones Unidas
y los puntos de sutura en las muñecas.

A tu lado
la luna es ácida como un limón partido
y el sol el punto último
de una frase de desilusión.

Mira,
si quiera si las conversaciones se hubieran diluido
entre cafés o aburrimientos o besos
o la máquina exacta de los meses
te moliera las dudas...
pero las dudas son esa piedrecita o más bien un diamante,
porque la máquina acabó destrozada,
y en el suelo revueltos
el granizo, el cadáver, el sur.

Han pasado los años
y he aprendido a vivir con tu recuerdo
como un viejo sudor
que no puede limpiarme el dorso de la mano.

**  

Yo. Sagitario.
nieto de antiguos centauros
que creían la noche una pantera tuerta
y a su único ojo lo llamaron luna,
tan tiernos,
que morían de tristeza las tardes de niebla,
tan tiernos que sus úlceras,
se las causa un hilo
y sabían los secretos para tallar el agua,
tan tiernos,
que al salir del mar
sus huellas en la arena
tenían la forma de sus corazones.

Yo. tengo un glaciar de lágrimas heladas
desde hace muchos siglos.
porque quise amar más, de otra manera,
porque amar ha sido hacer sufrir a tantos
que el amor es un cáncer
con forma de paloma.
y en mis labios un beso como un barco
con la quilla en mis dientes
fue luego un esqueleto mordido por las olas.
ese amor nos dio el dios.

yo que borré las huellas dactilares de mi manos
para hacer más suaves las caricias
hoy las tengo desolladas de adioses.

eso nos dio:
la sed por otro cuerpo,
el estruendo de todas las ausencias,
para que nos amáramos.
hoy no quiero morirme
como tanta otra vez.


miércoles, 7 de junio de 2023

HOSSANA, KARMA POLICE Y EL TEMBLOR

"nada hay fuera del texto" 

Jacques Derrida


Suena Karma police en bucle mientras yo pretendo volar a la suprarrealidad deseada y forjar un poema que huela a tierra/hierba fresca y a noches de clarividencia y devoción, si es que eso es posible. Un poema que no se pretenda guante ni ofensa. Un poema forajido. Que me sea coartada para vestirme de luz e insistencia y rescatarme un poco, ahora que el aire está inmóvil, como escribió Rimbaud, y pergeñar en versos kilométricos una danza antigua que mezcle diabluras y vértigo. Me emborracho de soledad y juego con el sextante que dicta las distancias que nos separan, a ver si lo rompo. Después empiezo el poema en el que navego y naufrago al mismo tiempo y me pregunto: ¿por qué tiemblo? Porque la vida es un fiordo de fuego que se deshace en nuestro pecho y quiero abrir mis ojos inmensamente de aquí a Lima para no perder detalle de ese deshielo y de ese incendio, porque es mío y único. 

Fuera un ejército inmenso manosea un nembutal de coltán como si fueran sus sexos, pero no lo son. Sedados, ofendidos y ofensivos. Ellos se quitan (y quitan) la vida a diario y no sé por qué, cantaría Krahe. Porque no lo saben, pienso o sí, y eso sería lo perverso. Hembra atávica aullando hossanas en este no-esplendor sobre el asfalto. Yo TIEMBLO en mayúsculas y el corazón me relincha dolorosamente en un lugar con mucho sol y sigo escribiendo como un río sin cauce porque no sé hacerlo de otro modo y porque elijo el poema para desmoronarme como elijo tu cuerpo. Elijo el atardecer de ceniza turneriano mientras hago taxidermia al recuerdo y deconstruyo el amor a lo Derrida y elijo la belleza del gesto y soy una mujer con el cabello lleno de corceles. Tiemblo cuando muerdo tus palabras en mi boca. Le vendo los ojos a Proserpina en el poema con un terciopelo rojo bermellón y le recito, que no receto, vida. Y tiemblo.

Elijo el enigma y el escombro de las horas felices. Elijo licorerías oscuras y exámenes de histeria. Allí donde se guarda el silencio y la calma a veces se pierde la cabeza y el control. Pero sigo temblando. Las cicatrices embellecen al guerrero, me repito en un delirio de metal. Porque somos un cúmulo de fragmentos que se desordenan después de tantas caídas, sin control remoto para la emoción, el cuerpo se improvisa, sin alzado previo, una vez más. Vitrinas y espejos, eso no es vida, es un eslogan de plástico, la medusa en la tráquea de un tenor. Mi corazón, una amanita muscaria que crece y se desborda en un bosque submarino lleno de caballos griegos que leen a Tristan Tzara y yo les observo, vestida con un péplum mientras vuelco una ánfora llena de vino sobre los demonios de la literatura y me condecoro con tu risa salvaje mientras ellos beben y se atreven a asomarse a sus adentros. Tiemblo porque albergo un ciclón en el pecho. Tiemblo mientras leo a Lorca, a Shepard, a Margarit y a Grande. Tiemblo en la anemia del poema que no llega a este corazón abierto. Tiemblo porque los niños ya no juegan, solo crecen rápido. Tiemblo ante el muestrario de caricias que reclaman las pieles. 

Ninfa sabelotodo, sigue temblando y parte el cráneo de la palabra más hermosa, no la domestiques nunca, haz que muerda o devórala, consciente de tu temblor.

Elige el poema, elige tu cuerpo y desmorónate.






La interpretación más hermosa de Karma Police: 

My interpretation of this video, and the song itself, is the idea of becoming overly vengeful. Of holding spite against people for every little thing they do, even things they can’t help like their ‘Hairdo making you feel ill’ or ‘Buzzing like a fridge’. The singer wants the ‘Karma Police’ to catch up with everyone he holds these grudges against, hence the video being the relentless chase of a perfectly average guy for seemingly no reason. It’s letting yourself fall into a cycle of anger and losing yourself to spite you can’t let go of. And you’re just in the backseat, letting these intrusive thoughts take the wheel. By the time the singer wakes up and realises ‘For a minute there, I lost myself’, karma begins to catch back up with him, following the destructive path he’s left behind (The fire chasing the gas trail). But he gets out of the car just in time, getting out of that vicious cycle and realising that a life holding grudges is no life at all.

*******

Mi interpretación de este video, y de la canción en sí, es la idea de volverse demasiado vengativo. De guardar rencor contra las personas por cada pequeña cosa que hacen, incluso las cosas que no pueden evitar, como su 'peinado que te hace sentir mal' o 'zumbando como una nevera'.

El cantante quiere que la 'Policía del karma' alcance a todas las personas a las que les guarda rencor, por lo que el video es la persecución implacable de un tipo perfectamente normal sin razón aparente. Es dejarte caer en un ciclo de ira y perderte en un despecho que no puedes dejar ir. Y solo estás en el asiento trasero, dejando que estos pensamientos intrusivos tomen el volante.

Para cuando el cantante se despierta y se da cuenta de "Por un minuto allí, me perdí", el karma comienza a alcanzarlo, siguiendo el camino destructivo que ha dejado atrás (El fuego persiguiendo el rastro de gasolina). Pero sale del coche justo a tiempo, saliendo de ese círculo vicioso y dándose cuenta de que una vida llena de rencores no es vida en absoluto.



jueves, 25 de mayo de 2023

Ruinas de rímel

 



El mismo poema, sí, el mismo. Como un paisaje lunar que recorrer con la luz apagada por dentro, como una serpiente reptando entre las ruinas y los versos, hasta donde no llega nadie. Llegarse. Un poema largo, casi infinito, un poema como una vida en el contorno de tu boca. Cargado de tinta o tinto o brebaje rimeliano como el que cargo en mis pestañas. Un poema aún no escrito en la buhardilla de un planeta lejano que aún no tiene nombre ni quien lo nombre. Pueden ser unos fragmentos tallados con la pluma de un ave milenaria que picotea restos de comida de cualquier vertedero triste o regala un último vuelo al animal atropellado que aguarda en la carretera, porque cuando el mar se muestra embravecido ya sabemos que el hambre sin más no se calma. El hambre desorienta. El poema también. Y trae dos orillas, como todo, como los cuerpos. Como el cuerpo que flota y es su propio mar. Como un verbo lanza de llamas. Como tus ojos bomba y tu lenguaje de imperio romano. El mismo poema que quiere sol y agua. Como nosotros. Como los nidos y las cuevas. Unos lo visten de himno romántico. Otros hacen testimonio de una rabia. Reclutan tristezas o manifiestan hazañas. Le crecen garras al poema. Y lluvias y rayos. A veces callejones y barroquismo. Le crecen balcones y bromelias. Un aguijón bizarro muy dentro mientras una maleza de cristal exuberante y rotunda se descalza en tu lengua. Deja que me enrosque en tus ojos para escribirlo. Un poema que urge o ruge. Que trepa y parte. Que te teme o te mata. Es el mismo poema, sí, y estamos dentro. Desde que es un cachorro ya muerde. Es puerto para la desesperación y puente para el desesperado. Se cree locura, se cree vanguardia. A veces humo, a veces sorpresa. En harapos, deslumbra. Con la cara limpia, seduce. Precipitado, apabulla. Puede ser magia negra, invisible caricia que te navega entre las escápulas. Y puede ser un fardo de latidos abandonado en una playa. El mismo poema que quiere fuego y madrugada. El mismo que a punto de coronar la cima se te escapa. Vendimia sagrada, un pecho lleno de piedras, una estación vacía o una puerta mal cerrada. Se queda quieto, aguarda. Enferma en un espejo. Es indecente y glorioso. Se revuelve, resiste, manipula, enreda, desordena y se rinde antes de la destrucción. Es un prado oscuro y una trampa. Viene dispuesto a acabar contigo. Te vacía. Te asfixia. Te eleva y te revive. Es el mismo poema, sí, el mismo. Un atardecer lleno de estorninos derrochando luces rojas en mitad de la calma. Es el mismo, lo habitas, desorientado y hambriento. No salgas.  

EL HOMBRE TATUADO, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 




Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Esas hermosas historias de mar… Un raro Alejandro Dumas alejado de las cortes francesas en Las aventuras de John Davis. No recuerdo el argumento. Lo leí, enfermo de mononucleosis, en mi larga cama juvenil de Cochabamba y Buenos Aires.

 

El mar, que en sí no cuenta entre mis lugares favoritos, proporcionó a Stevenson, el cojo John Silver, Pierre Mac Orlan, Oexmelin, Conrad, los viajes de Simbad, el Holandés Errante ¡Cuánta imaginación me trajo este barco! Cuántas líneas escribí, yo mediterráneo, sobre olas y fantasmas. Hollywood destrozó aquella magia con un pirata tonto. No era este uno de los mustios caballeros de fortuna ahorcados en el muelle de Savannah, pasando por allí en 1989. Temí, en la playa de Rehoboth, Delaware, que el mar me engullese hacia las fauces del gran tiburón blanco. Nadé contando las olas cuando ya los hombrecitos de la playa semejaban hormigas.

 

Mar de Arica. Melville. Aire de pescado. Salida del Shenandoah hacia el océano. Aguas oscuras golpean las rocas del Malecón y salpican las piernas de Maceo. Esas de mar historias hermosas.

 

Queda el ron, domingo de mayo; un Kirk & Sweeney Gran Reserva aroma el ambiente. Luego ron negro de las islas, de la Guyana barrosa, de Trinidad y melancólicos cantos bailables. Contemplo a las hijas, tres décadas al lado de ellas que ya terminan. Sorbo, huelo, Earth, Wind and Fire suena en los parlantes. Los jóvenes no bailan todavía pero se mueven en la afrocadencia. Hará un año que un amigo en el trabajo contó que en un asilo cercano moría uno de sus miembros. Hasta el baile tiene fin, no hay fiesta eterna. Isla Desolación; por los canales ruge algo y devoramos uno al otro, entre nos.

 

Literatura mixturada de vida, qué ella sino literatura, en la pesadumbre de Giordano Bruno en la Roma de Marcela o las sombrías iglesias de Braga. Todo ha estado, tiene que estar, en alguna página. Escribo desde una mesa prensada a medianoche. Pronto saldré al mundo de los mapaches de cola a rayas. Me llevan a Peter Pan, a los jardines de Kensington, las crónicas de Narnia.

 

Treinta años han pasado. Y más. Sorbo el ron color de tus ojos, me despido en silencio, se abren caminos, la rutina de envejecer perece ante el placer. Subido a un bajel me inmiscuyo por los ríos de Georgia en busca del vellocino. En una bahía de antes las naves se aprestan a partir a Troya. Desde Beocia a Pilos, tierra de Néstor; de la Fócide a la Lócrida. Homero las cataloga, una por una, las negras naves, este ron que está pintado igual que tus pupilas.

 

Literatura hasta en los vertederos de Chitá y Manila (leer a Patxi Irurzun). En la miseria de los calmucos.

 

Antes del licor de caña dulce asomo a la boca un mezcal, ese que no se disfruta porque mata. Ya desvarío, mescal o mezcal, apaches mescaleros, mescalina. Salto a De Quincey y Bukowski; a Jim Morrison y callo. El prieto alacrán en el fondo de la botella canta tontas canciones de amor, dolidas, ahogadas. Hasta que lo descabezan y mastican con ruido de tostado ch'uspillo.

 

He de trabajar ahora, continúo mañana con los paisajes que traiga el amanecer en ulular de búhos y zorras madres que chillan.

 


En el filme Cabeza de Vaca, extraordinario, el loco Pánfilo de Narváez se pierde en la sombra, otra nominación de la muerte. Las naves son devoradas por la broma, ancladas en Nombre de Dios. Los españoles se hacen menos por sus guerras internas. Les heredamos eso. Pero vienen más. Los trajo el agua, sea que el verbo de sangre flotaba sobre las aguas. Génesis malparido, sacerdotes que cubren de tierra a otros sacerdotes.

 

Leí “todo” Daniel Defoe en mi juventud. Por supuesto que comencé con Robinson Crusoe pero seguí con Diario del año de la peste. Entre ellos, en una edición española de hará cincuenta años, estaban las páginas de El pirata. Sólidas lecturas del siglo XVII y XVIII, formación de mi imaginario literario. No podría hoy describir el contexto sino de algunas pero ese bagaje quedó, late, sobrevive y obliga mi prosa hacia derroteros que tienen un poco de antiguo aunque no de obsoleto.

 

El mar. El sur del mar, el Estrecho, el hambre, las orcas y el genocidio indio. Francis Drake y Morgan, Barbanegra, cuya cabeza colgante de un bauprés elucubraba yo mientras navegaba los canales de Virginia y pensaba cuán cenagosas eran las Carolinas. Tan viejo aquello, ciudades costeras, rincones que el tiempo no tocó, bares penumbrales que no diferirán mucho de los doscientos años atrás. La costa oriental de los Estados Unidos cargada de misterio, desde la caliente Florida de Juan Ponce de León hasta la sombría Nueva Inglaterra. Mientras bebía y cabalgaba el amor como potro bronco también leía y acumulaba historias. Una cosa no desdecía la otra; la resaca producía textos y asimilaba lecturas: cartas a Diego Rivera de su amante rusa, La cruzada de los niños, fotografías de Roman Vishniac y de Jan Saudek con Dvorak y Smetana de fondo. Las cortinas de mi dormitorio en Rockville, Maryland, son pesadas. La cama es de ascendencia británica del ochocientos. El piso cruje, la madera del piso brilla por la cera de tantos pies. Contemplo el cuadro en la cabecera de cama: animales en línea para el Arca. Edward Hicks… no lo olvido. Hiervo una sopa de pollo y fideos directamente en la lata. A no muy lejos distancia huele el mar.

 

“Ground Control to Major Tom”. Media hora de Bowie hasta el trabajo. Diluvia. Conejos se refugian en el calor de los baches del camino, ya ni corren al acercarme. Verne, El Chancellor. Agua de río en la alucinación de las amazonas. Me gustó Más allá del horizonte, de Joaquín Aguirre Lavayén. Francisco de Orellana…

 

Suena la una y cincuenta y dos. Suenan las dos. Pongo el disco Klassische Militärmärsche, casi completo con música de Beethoven, algo de Berlioz y Haydn. Ropa en remojo, he de arrodillarme a lavar. Si cierro los ojos y no aspiro el jabón se creería que cerca hay un torrente de montaña, que Francine se ha desnudado otra vez y puesto su blanco cuerpo de Yorkshire dentro del agua helada. Ella venía de piratas irlandeses e italianos, según decía; tenía pupilas color del mar de Cancún pero celestes. Ha tirado las faldas y danza lenta una canción de la olvidada banda The Style Council; luego me besa y despierto, ceniciento mi rostro, chueca la nariz y dientes rotos.

 

Recorro con la vista mi piel, de alguna forma en ella se ha tatuado lo hecho. Bajo la axila suena el pájaro cucú de Cochabamba ya de mucho hundida. Por el ombligo, las rejas de la cárcel se tornaron frías. En la rodilla aflora la margarita de tu sexo y en la otra tu espalda parece resbalín de infantes. Ray Bradbury; sí, también estoy tatuado como ecrán que camina.

25/02/2023


Más: 

http://lecoqenfer.blogspot.com


 

domingo, 21 de mayo de 2023

DÍA UNO, América Lainez

 

Es en las tardes de domingo cuando se abre la herida
por donde salen todos los muertos,
y la vida se desparrama por el piso como naranja de pulpa agonizante
olvidada por la mano que la exprime.
Dios no existe en las tardes de domingo,
ni el amor ni la amistad ni la sensatez de la ocupación ociosa.
En domingo los gatos no salen de casa: 
se echan con los ojos vagos en el eterno domingo en el que viven
sabiendo que ese día es más domingo
que los otros domingos en los que habitan a diario.
Las lagartijas no se arrastran en las tardes de domingo,
tampoco los colibríes vuelan entre las flores; ningún capullo se abre
para dar paso a una astromelia,
ninguna hoja dulce brota de los troncos.
Las hormigas y cucarachas regresan a su vida privada y secreta,
insospechada por todos los que las odian.

Sólo un fino velo de polvo sobre la mesa, sobre la almohada;
sólo la telaraña rota y sin araña,
suspendida en lo invisible de la esquina de la casa.
Sólo eso existe en las tardes de domingo:
ruina, estrago, vestigios de otra cosa,
cenizas en el pelo, en los ojos y en los labios.
El recuerdo de las visitas de mi padre en domingo,
en las que sentado en el porche de la casa de mi abuela
hacía carros de madera y sillas para mis muñecas
y me contaba los cuentos de la tía Panchita
y otros inventados por él mismo
y me decía que en la guerra comían hojas de jocote y de guayaba
cuando estaban escondidos en el monte.
Y jugábamos los juegos que tal vez había jugado con los otros
guerrilleros de catorce años, de noche alrededor del fuego,
cuando la muerte como un ángel les guardaba la espalda:
por aquí pasó un soldado todo roto y remendado, lo que vi que no llevaba…
y yo me reía y me reía. Ahora ya no me río.

Mi padre lleva muerto cinco años
y este no es un poema sobre mi padre.

Es un poema sobre cómo en las tardes de domingo se abre la herida
como cauce en el que flotan todos los fantasmas
y no existe Dios y no sopla el viento
y las bestias se esconden y las plantas no crecen
hasta que, avergonzado de tanto descansar,
Dios regresa y da la cara el lunes por la mañana.

sábado, 6 de mayo de 2023

naufragio azul prusia en una canción de Carlos Ann




"me ahogo cada vez que te acabo"

Carlos Ann



Hago de mi cuerpo servidumbre y dejo que el grito me cruce y amanse el mundo.

Los besos-furor, como la lluvia de los cementerios y el convoy de tu sangre, eso quiero llevarme. Nativo de mí, dices. Quiero habitar la abstracción/otro planeta con el idioma de tu risa, con la esencial mordedura que degüella soledades. Una Salomé de Beardsley que cobra vida derribando auroras de agua salvaje, acaba de cruzar mi esternón de puntillas. El músculo de terciopelo que encuentro en la periferia del momento/ruina viene y me da forma mientras fumas entre mis piernas, inhalas, exhalas y esa procesión de nubes de humo se va atando a mi cabello bajo el bruñir de tu mirada.

Estás en el poema, puedo verte mientras me ciño a tus pedazos.  

Hago de mi cuerpo un junco, un paisaje que es rasguño o sabrosa huella a la que regresar. Como a esas canciones, como a esos poemas que son trampas. Dulce alambre de espino, fábrica del verbo emboscada. Solo la ley de la víscera deshilachada. Porque son los flecos y el barniz de la luz lo que inunda y exalta. El mundo ahora es esta calle, o este camino sin asfaltar, con sus flores llenas de polvo, su polvo lleno de flores. El mundo es una presencia en un umbral golpeando con nudillos una puerta antigua y enorme que siempre se abre hacia dentro. O un peldaño roto en la mente del funambulista. O el pedazo que abarcas en la extensión de tus brazos. Vengo a ensuciarlo con un mal poema. Quiero ensanchar la piel del verso, de esos versos que son colonia de hongos negro-humo testimonio del incendio de la tinta. Así mis manos, tiznadas y no puedo dejar de oler la vida en ellas. Yo busco lo que ruge en este Occidente accidental. Algo que parece un animal. El voltaje del labio eléctrico. La cruz/luz donde amarran los sexos. El discurso de la pelvis borracha de la mujer que amas. O las costras del odio que ya no se derrama. Los santos griales de tu cabecita. El delirio es un túnel que te chupa mientras tu cabello te cubre los ojos y hueles a hierba mojada. Huye del verso castrado como de un licor que no aturda. Suda en los cambios de rasante del ser amado. Tristeza en polvo y gusanos/promesas de seda, se dejarán apartados en el plato. La carretera a tu desnudo es una cicatriz que serpentea, te acaricia y te maldice pero está ubicando el goce en el punto exacto, con carrozas de excitación y algo de sangre rimbaudiana. La picadura del arte es su imperio. Cultivar y cautivar. Desmayar y desnucar. Hay canciones que son himno de venas que in extremis marcan senderos para la turista hambrienta que se descalza y late, que se desviste y nace en y para la tormenta. 

Hago de mi cuerpo un remo místico, un volcán de saliva, una mirada que es espuela, un riff que es puñal nunca anestesia. Copa de adrenalina donde hundir tu nariz primero y hacerla danzar en círculos poderoso y desatado derviche. 

¿Sabes cuál es el color de mis recuerdos? Azul prusia. Y de fondo siempre el run run de una película francesa donde soy capaz de oler el hash en las medias de la protagonista. Sí, lo sé, vienes a bautizarte en mis neuronas, pero espera, que Lanegan está sentado en el salón y puedo cortar rebanadas de ternura mientras me quitas la arena de los muslos e inventas una playa en la cocina.     


sábado, 22 de abril de 2023

The singer, not the song

 




Tres mil libros, un dragón y mucho fuego. Como el que iza un paisaje de luz en mitad de la niebla ¿o de la locura o del caos o del vacío? Ya no sé qué es lo que llega cuando el mundo viene a vestirme de inutilidad si yo como lencería solo quiero la cascada de tu risa. Oh mi Bien, oh mi Belleza, un jardín y una yegua. Arriera del amor, estambre lleno de polen, ven que quiero ararte los muslos y aplacar la barahunda de lo innecesario. Me hablas del color de la luz y haces del cielo un alboroto de llamas que incendia todas mis letras antes de devenir en poema. Yo solo lamento no llenarte de guirnaldas la mirada eternamente mientras veo más y más ternura en la boca de tu corazón. May ti pora, en tahitiano, creada por los dioses. Así bautizo cada ráfaga que trae tu aliento, como un pozo fresco en mitad de Atacama. El cuerpo es el templo del alma, leí. Ábrelo, que yo te rezo. Que la piel no deja de ser el papel sobre el que blandir la palabra con su tempo, con su herrumbre, su elegancia y su violencia. 

Cazadores de estrellas que con el balanceo del verso son el francotirador romántico asomado al balcón bizarro de la imaginación salvaje. Y son únicos y me acerco a ellos. Una salamandra bebe de mis lágrimas en el salón. Karen O se caía de un escenario talentosa y endemoniada y Julian Casablancas tricotaba el riff de Last night a mi cabeza para siempre. Mañana es el día del libro, pero esta es la noche del escritor. 

Ahora soy un mechón estremecido que apaga las luces y va a su habitación sabiendo que el día no ha terminado aún. Leer a Claudio antes de dormir es una alucinación que me brindo. Un gozo sin fin. Como la que abre un boquete para abandonar el mundo del escaparate y la mediocridad, y habitar, por un momento, el mundo usado, el mundo atropellado con su ronroneo añejo, el mundo hecho a mano, como todo lo sublime, como lo que es y será único. El ave no raya el cielo porque su huella es su vuelo. Será por eso que me importa la palabra pero más quién le da forma con tierra y fuego. El demiurgo o un kallawaya que abandonó el Altiplano pero no las alturas porque sigue abarcando lo insondable esté dónde esté y escriba lo que escriba porque it's the singer, not the song aunque el mundo esté lleno de francotiradores ciegos que no saben que lo son.


lunes, 17 de abril de 2023

el abrazo turbio

 


Sábado noche, caricias de lija en nuestros esternones 

y al fondo, 

un pantano que, 

a tientas, 

buscan algunos corazones 

porque en la turbiedad 

se reconocen.



Diego Vasallo, Monkey Man, Guadalajara