malditos sean los curiosos y que los malditos sean curiosos:
la esencia de la poesía es una mezcla de insensatez y látigo...
....el gran Hank

viernes, 4 de junio de 2010

Bébeme si estás sediento

Voy a inventar un lenguaje salvaje
que cause destrozos

Curaré tus heridas con sal

Cruzaré tu corazón dislocado
con el tren nocturno que me lleve al averno de tu alma

Sobreviviremos a esas montañas que son pozos

Contraria contrariis curantur, lo contrario se cura con lo contrario

Sobredosis de deseo como alimento
Caricias profundas de animales calientes

Traficaremos con nuestros sueños

Serás un ganador rezagado
y yo los aplausos en tu desconcierto

Rodeados del plancton marino
bandas magnéticas
pretérito pluscuamperfecto
desayuno continental y embestidas
fallos de canalización
ecuaciones
energía
bailes de cíngara

Similia similibus curantur, lo semejante se cura con lo semejante

bestias moran tu mente
cosaco desalmado

fuera pureza, normas, rutina, compromiso, ira

Aequalia aequalibus curantur, lo igual se cura con lo igual



Michael Dransfield





Piso cero

despierta
mira en torno
memoriza lo que ves
mañana puede haberse ido
todo cambia. Algún día
no habrá nada excepto lo que se recuerda
puede no haber nadie para recordarlo.
Sigue moviéndote
dondequiera que te pares es piso cero
un blanco móvil que es difícil de acertar.


Epidermis

Dosel de terminaciones nerviosas
tienda maravillosa
nave aérea volando entre multitudes y frazadas
desliz de almohada de carne en serie
nos envuelve diestramente en nuestros sentidos
pero no nos aislará contra las cosas externas
no hace nada por proteger
simplemente notifica al cerebro
de la conversación con un estímulo
me gusta tocar tu piel
sentir tu cuerpo contra el mío
dos islotes en un atolón de cada uno
pasando toda la noche en nuevos descubrimientos
de lo que los vientos de la pasión han lavado
y lo que una marea de jade encontrará para que nosotros
juguemos cuando este juego comience a tornarse aburrido.




jueves, 3 de junio de 2010

Iván el terrible

...Y el silencio está infravalorado.

LLUVIA - (un día de gloria por Harry B.)

El hombre de negro se aburría. Era un aburrimiento profundo que mantenía su cuerpo apelmazado, su mente sedada, sus miembros diluidos. Miró a la izquierda: su mujer estaba recostada en el sofá leyendo un libro, se dio cuenta de que él la miraba y, levantando la cabeza, le sonrió antes de sumergirse de nuevo en la lectura. El hombre de negro no sintió nada, ni frío ni calor. Después miró a su derecha y observó durante unos segundos cómo su hijo hacía los deberes del colegio tumbado en la alfombra, levantando de vez en cuando la cabeza hacia el televisor. Tampoco sintió nada, no podía decir que realmente lo quisiera, aparte del vínculo filio-paternal que los unía, no sentía nada por él.
El hombre de negro se levantaba cada mañana de la cama a las seis en punto; tomaba una ducha fría (tibia en invierno), se preparaba un café, se ponía su traje (negro), salía de su casa y entraba en la boca de metro que había a dos manzanas (porque el tráfico estaba a esas horas imposible). En la séptima parada se apeaba. Trabajaba sin interrupción desde las ocho hasta las trece horas, momento en que recogía su chaqueta (negra) colgada detrás de la puerta y salía en dirección a un bistro cercano. Comía solo porque hacerlo junto a sus compañeros le incomodaba y además no le interesaba nada de lo que hablaban.
A las quince horas volvía a la oficina, de la que ya no salía hasta las dieciocho horas. Tomaba el metro en dirección a casa y en ocasiones (no demasiadas) bebía una cerveza (sin hablar con nadie) en un bar cercano a su domicilio antes de entrar en casa.
Esta rutina se reproducía diariamente en la vida del hombre de negro, quebrantándose sólo durante su mes de vacaciones estivales. Mes al que el hombre de negro temía especialmente más que a los once restantes.
Un día al salir del bistro para reanudar su jornada de tarde llovía. Cruzó la calle corriendo pero la lluvia se hizo más densa, como si corriera detrás de él. Se refugió bajo el toldo de una joyería (a fin de cuentas aún le quedaba tiempo de sobra) allí fue donde la vio por primera vez.
LA MUJER DE GRIS
Vestía un traje de chaqueta (gris oscuro), llevaba gafas de sol pese a la escasa luz del día, el pelo recogido en un moño en la nuca, fumaba un cigarro (a pequeñas caladas) y miraba su reloj (nerviosamente) a intervalos regulares. Era esbelta, tenía los rasgos pequeños excepto una gran boca de labios carnosos. Sacó su mano (blanca y de dedos muy finos) por fuera del toldo, efectivamente había amainado. El hombre de negro la vio alejarse por la acera con un caminar elegante. No pudo dejar de pensar en ella durante el resto del día y para no manchar (de vulgaridad) aquella imagen que tanto le había cautivado, decidió retirarse temprano a la cama.
Dos días más tarde la lluvia volvió a alcanzarle a la salida del bistro obligándole a refugiarse nuevamente bajo el mismo toldo (granate) de la joyería. Desde allí el hombre de negro vio como la mujer de gris atravesaba corriendo la calle para acabar cobijándose (el corazón del hombre de negro se aceleró hasta lo inimaginable) bajo el toldo (granate) de la joyería, cuyo escaparate la mujer de gris se puso a contemplar (algo malhumorada).
Era miércoles. No volvió a llover en toda la semana. El martes de la semana siguiente amaneció nublado, el cielo era una pesada cúpula gris plomiza. El hombre de negro sintió durante toda la mañana un extraño (y placentero) cosquilleo en la boca del estómago. Pero la lluvia se resistía a caer y no lo hizo hasta bien avanzada la tarde (previo aviso de algunos truenos) cuando el hombre de negro se dirigía a la boca de metro. Fue una lluvia torrencial y espesa. El hombre de negro escogió esta vez una galería de cine para resguardarse. Pocos minutos después irrumpió la mujer de gris con un abrigo (gris oscuro) hasta los tobillos completamente empapado. La lluvia se prolongó durante horas. La mujer de gris miraba hacia fuera primero con rabia y después con una mezcla de inconformismo e ironía. Finalmente, aburrida de mirar los pósters de las películas adquirió un ticket en la caja y entró. El hombre de negro fue tras ella. Se sentó dos filas detrás de la mujer aspirando la humedad de su abrigo (gris oscuro) mojado. La película (ambientada en la Italia de la posguerra) ya había comenzado.
Desde aquel día el hombre de negro engullía con énfasis todos los partes metereológicos de los noticiarios y cuando al fin, estos, anunciaban lluvia, se aseguraba bien de oponerse su mejor colonia (comprada a propósito para estas ocasiones días atrás) y de abrocharse correctamente el nudo de su corbata (negra).
Como destino de su mes de vacaciones programó un viaje a Finlandia para visitar los Fiordos (pese a la abierta oposición de su mujer y de su hijo que preferían ir como siempre a la playa). Allí la encontró en la cafetería del hotel, hablando por teléfono con aire aburrido una lluviosa mañana finlandesa.
El invierno siguiente fue especialmente lluvioso y sus encuentros continuados. El corazón ya no le cabía al hombre de negro en el pecho y durante las dos últimas semanas pensó muy seriamente en la posibilidad de hablarle (la simple idea le ponía la carne de gallina). Finalmente un día en el que ambos se cobijaron bajo el mismo toldo (granate) de aquella joyería donde coincidieron por primera vez, el hombre de negro creyó ver en ella algún tipo de señal y se acercó (lentamente) hacia ella. Dijo hola (o mejor dicho “ho…ho…ho…la” porque solía tartamudear cuando estaba nervioso). La mujer se volvió hacia él (que hermosa era de tan cerca, pensó). Le miró de arriba abajo, arrugó la nariz y se lanzó calle abajo desafiando a la lluvia. Al hombre de negro el alma se le cayó a los pies, la vio alejarse (con tristeza) y mezclarse con la lluvia.
Enfiló (cabizbajo) las tres escasas manzanas que le separaban de su trabajo. Al doblar una esquina se quitó la chaqueta colgándola de su hombro, un poco más adelante se abrió el nudo de la corbata, en otra esquina se arremango la camisa y se desabrochó algunos botones. Sintió que el sudor empapaba su frente, miró hacia arriba y descubrió un cielo azul (intenso) y un sol cercano y enorme como una pelota de fuego, escuchó el sonido de algunos cláxones, las ruedas de los coches se pegaban al asfalto, también los zapatos de los transeúntes absorbían el alquitrán. Los hombres y las mujeres se miraban unos a otros sin comprender nada, se desprendían de sus ropas (aceleradamente), los niños lloraban, un viejo borracho de barba espesa anunciaba el comienzo del fin del mundo. Dos camiones de bomberos pasaron dirigiendo sus mangueras hacia la población. La policía recomendaba, por medio de altavoces, no salir a la calle hasta nuevo aviso.

miércoles, 2 de junio de 2010

Gwendolyn Macewen - Poemas


Poemas en Braille
I
todas tus manos son verbos
ahora tocas mundos y sientes sus nombres-
a través del objeto hacia el nombre
no en el sentido inverso (en invierno
Yo soy Midas, mi nombre es oro)
la silla y la mesa y el libro
se extienden desde tus dedos;
todos tus movimientos
dirigen estos objetos de vuelta a sus
lugares; una lucha contra lo convencional
me hace asumir mi distancia
II
ellos sabían lo que significaba,
aquellos escribas egipcios quienes dibujaban
ojos perfectamente dentro de sus jeroglíficos,
tú los lees desapasionadamente hasta que
el ojo se bambolea sobre si mismo
parpadeándote desde el papiro
fuera, el intenso viento
añade esto; yo leo cuidadosamente
por temor a quedarme ciega de ambos ojos, leyendo con
ese otro ojo el último jeroglífico
III
la más corta distancia entre 2 puntos
sobre una circunferencia giratoria
es una línea curva; Oh déjame seguirte,
Wenceslas
IV
con piernas y brazos hago alfabetos
como en aquellos libros infantiles
donde la gente se doblaba en letras y signos,
aún no he leido la larga cábala de mis huesos
verdaderamente; necesito unicamente moverme
para alterar el diseño
V
nombro todos los objetos en mi habitación
y ellos repiten sus nombres,
se agrupan, forman figuras tridimensionales,
discutiendo sus nombres entre ellos
no diré que el molde es menos que el texto
no diré que la curva es más larga que la línea,
yo debo leer todas las cosas como en braille en esta estación
con mis dedos debo leerlas
por temor a quedarme ciega de ambos ojos leyendo con
ese otro ojo el último jeroglífico
(traducido por el autor)

Tú no puedes hacer esto

tú no le puedes hacer esto a ellos, ésta es mi gente;
no estoy hablando de poesía, no estoy hablando de arte.
tú no le puedes hacer esto a ellos, ésta es mi gente.
tú no puedes despedazar el firmamento frente a sus ojos.
la tumba, presente, tomará nota de tus acciones,
yo tomaré nota de ello también, esto no es arte,
esto es un tipo de ciencia, un tipo de pasatiempo,
un tipo de afición personal como la colección de monedas.
tiene algo que ver con caballos
y con anillos grabados y trofeos escolares,
tiene algo que ver con el orgullo de los leones,
tiene algo que ver con la buena comida y la música,
y algo con el poder, y la danza.
tú no le puedes hacer esto a ellos, ésta es mi gente.
(traducido por el autor)

V (Fear) - Ben Clark

Y, de pronto, la noche. No la noche
de la caricia azul, del beso tibio,
la noche mansa y tersa como un pecho
de mármol. No esa noche.
                       Y un mal día
la noche, no la noche adolescente
de estrellas rutilantes y de cantos
sin dueño por senderos de luz tierna;
no la oscuridad cómplice, arcana,
madre del tiempo inútil
que algunos científicos han dicho
existe tras el último
beso. No: no esa noche.
Sino la del aullido de la fiera
detrás de las arrugas, la del ruido
que se repite golpe a golpe
como un aparador precipitándose
por unas escaleras sin final.
Cuando alguien quiere hacernos daño, quiere
forzar la cerradura para herirnos.
¡No queremos visitas! No queremos
que nadie nos moleste no hay comida
pero llaman no cesan las campanas
quién está al otro lado del teléfono
quien quiere entrar quién quiere entrar quién es
silencio.
                       Solamente silencio.
El grifo que gotea porcelana
el cuarto está inclinado y no hay comida
el médico el médico insolente
contar del uno al diez
¡uno dos tres el ruido! Otra vez
el ruido el batir insoportable
de unas alas no hay nada en la despensa
papeles en la mesa dónde estoy
el peso de la noche y el espejo
que no nos reconoce y la paloma
-de nuevo la paloma-
zurea con palabras afiladas
el nombre que una vez reconocimos
como nuestro.
Ha venido esta vez a acompañarnos
a nosotros, los seres paradójicos,
que en el último instante, en la última
alanceada a la muerte,
comprendimos.

Seb Janiak

E L I N V I E R N O

ahora sé que cuando dijiste que te había llegado el invierno
en pleno agosto no te referías a una romántica
tormenta de verano

ahora sé muchas cosas que habría sido bonito saber antes
ahora sé muchas cosas que ya no me sirven para nada
no empapelaré mis paredes con lecciones caducadas

seguro que volveré a cruzar ríos por zonas turbulentas

seguro que someteré a mi alma a un nuevo y lento striptease
hasta quedarme en la tristeza
de nuevo

ahora sé que lo que uno no dice se queda dentro,
acumulando polvo
ocupando espacio
como mueble viejo y triste
que da pena tirar
que da pena guardar

ahora sé lo que no sabía

mañana sólo sabré
que odio el invierno